Aportes para el debate sobre nuestra política universitaria, por Emmanuel Álvarez Agis

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Hace poco el colega Marcelo Zlotogwiazda (MZ) se preguntaba: “¿Cupo para las carreras superpobladas en las universidades públicas?”. En primer lugar, señalamos que tenemos un pleno acuerdo con los cinco puntos de MZ: universidades públicas gratuitas; derecho para todo el que termine el secundario a la universidad pública; la universidad es parte del sistema educativo; toda mejora presupuestaria es bienvenida (y necesaria, agregamos nosotros); y las ciencias sociales son imprescindibles. Partiendo de esos acuerdos, nos interesa discutir algunos aspectos del sistema universitario argentino.


MZ se pregunta qué hacer con las carreras superpobladas, tomando como definición de carrera superpoblada “aquella que tiene muchos más estudiantes de los que el mercado laboral va a necesitar dado cierto patrón de desarrollo”. Pues bien, tenemos dos tipos de críticas a esta definición y a sus consecuencias. En primer lugar, creemos que nunca estuvo más claro que en el presente que el patrón de desarrollo de Argentina no es dato de la realidad, un rumbo necesario y constante a lo largo de nuestra historia, sino, al contrario, un continuo foco de conflicto que llevó a alguno de los mejores economistas de nuestro país a caracterizar la inconstancia de ese patrón como “la maldición del péndulo argentino”.

Veamos concretamente un ejemplo. El actual Presidente definió el futuro productivo de Argentina en torno a las energías renovables, la explotación de recursos naturales (agropecuarios, minería tradicional y, recientemente, litio) y turismo. Al margen de si estamos o no de acuerdo con esta definición, lejos está nuestra sociedad y sus diferentes expresiones políticas de tener un consenso respecto a esa orientación. Por tanto, nos preguntamos ¿cómo hacer para atar el patrón productivo a la política universitaria? O, aún más difícil, ¿cómo hacemos para consensuar un determinado patrón productivo para dejar de caer en el péndulo? Esta duda nos acompaña hace más de cinco décadas, así que no vamos a ser nosotros los que tengamos la respuesta. Sobre lo que sí llamamos la atención es sobre la falacia de pensar: “Argentina necesita más ingenieros”. Una Argentina con fuerte orientación industrial los necesita. Una con una fuerte primarización productiva, no.

Más importante aún, en esta discusión a veces parece ser que pensáramos que la orientación de nuestros graduados va a definir el propio patrón productivo. Así, si lográramos que se recibieran más ingenieros, tendríamos más puestos de trabajo para ingenieros. Pero lamentablemente la oferta de ingenieros no genera su propia demanda (y más en general, ninguna oferta genera su propia demanda, pero esto es otra cuestión). El ejemplo del ingeniero taxista es la mejor forma de entender que en cualquier mercado de trabajo la cantidad de puestos vacantes no depende del grado de instrucción que alcance la fuerza laboral. Lo que sí ocurre es que generalmente los puestos disponibles suelen ser ocupados por los trabajadores más calificados. Por eso, patrones productivos como los de la convertibilidad determinaron una fuerza laboral absolutamente sobrecalificada, como comúnmente lo indica la charla de café que apela al ingeniero taxista.

Pero veamos algunos datos de nuestro sistema universitario. En primer lugar, se suele decir que la universidad pública genera una especie de incentivo perverso: muchos alumnos, pero pocos graduados. De la población argentina, el 21% tiene un título universitario. ¿Esto es mucho o es poco? El promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) llega a 31 por ciento. Desde este punto de vista, en Argentina poca gente se estaría recibiendo en la universidad. ¿A qué se deberá esto? Fuera de la obvia diferencia de ingreso y riqueza que juega a favor de los países de la OCDE, resulta interesante señalar que en esos países el Estado invierte unos 15 mil dólares por año por alumno universitario, mientras que en Argentina solo invertimos 5 mil dólares por año por alumno universitario. Visto de esta manera, lo que en realidad resulta llamativo es que, triplicando nuestra inversión, los países de la OCDE consigan solo 11 puntos porcentuales más de títulos universitarios. El corolario es bastante obvio: si queremos más graduados, es condición necesaria (aunque no suficiente) aumentar el presupuesto universitario.

¿Están las carreras de abogacía y psicología superpobladas? No parece ser el caso. Los estudiantes en esas carreras representan nada más que el 16% del total. ¿Están las carreras de “sociales” superpobladas? Si a las anteriores dos carreras les sumamos Economía, Política, Comunicación, Sociología, Letras, Filosofía, Artes y Teología e Historia, alcanzamos la mitad del alumnado. No parece entonces existir esa superpoblación. Pero, además, es interesante dar vuelta la lógica del ingeniero taxista. Como ya dijimos, la orientación de nuestros graduados no define el patrón productivo del país. Al contrario, justamente la inversa sí es cierta: es justamente el tipo de patrón productivo el que suele definir la orientación de nuestros graduados. Si en Argentina no existen más estudiantes de ingeniera, que, por cierto, representan el 6% del total, debe ser porque, sacando los casos puntuales de ciertas empresas cuya representación en los medios es mucho mayor que su representación en el mercado de trabajo, nuestro patrón de desarrollo no está necesitando más ingenieros. Pero, para peor, nuestro péndulo suele durar lo que un mandato presidencial (o unos), mientras que una carrera de ingeniería suele demorar como mínimo 5 años. Imaginen al estudiante de ingeniería industrial que comenzó su carrera en 2014 y que se va a recibir este año y se acaba de enterar que la industria no forma parte de nuestro actual patrón de desarrollo. ¡Taxi!

Creemos que la propuesta del cupo tiene un vicio de origen. Para establecer un cupo, primero, debemos ponernos de acuerdo en un determinado patrón de desarrollo, porque es ese patrón el que va a determinar la orientación de nuestros graduados y sus posibilidades de trabajar de lo que estudiaron; no al revés. Pero nuestra historia muestra que en la definición de ese patrón también existe una grieta. Con matices en ambos lados, están quienes quieren un país más volcado hacia la industria, con alta demanda de ingenieros, y quienes quieren un país más volcado a la exportación primaria y la producción de servicios, con baja demanda de ingenieros. Establecer cupos para fomentar carreras útiles para un determinado patrón de desarrollo, en el cual probablemente coincidimos con MZ, ignora el hecho fundamental de nuestra dificultad para definir y sostener a lo largo del tiempo ese patrón, sea el que fuere. En el mientras tanto, el acuerdo básico que parece existir no solo con MZ, sino con la gran mayoría de la población, sobre los beneficios de un sistema de universidades públicas como el de nuestro país no es más que una buena noticia. Y si pensamos que abundan los abogados y los psicólogos eso será, siguiendo nuestra tesis, resultado del verdadero patrón de desarrollo que transitamos a lo largo de nuestra historia.

El autor es ex viceministro de Economía. Director de PxQ.

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