Catamarca: Nepotismos, bajos sueldos y otras yerbas

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La Argentina, para qué negarlo, vive momentos difíciles. Tan difíciles que absolutamente todas las encuestas pronostican que la situación de los próximos tiempos tiende a empeorar.


Ni siquiera los medios dominantes avizoran la “luz en el túnel” que, a poco de iniciarse la gestión macrista, supo pronosticar la vicepresidente de la Nación, Gabriela Michetti.

En un inmenso mar de dudas, los cruces de acusaciones achacándose responsabilidades no solucionan una realidad que, desde hace varios años, viene en franco deterioro y tiene que ver, fundamentalmente, con la falta de trabajo.

Decir que se crea trabajo, lo diga quien lo diga, es mentira. Y decir que los desocupados, millones ellos, pueden trabajar limpiando baldíos, higienizando baños o cortando el pasto es casi una ofensa a la dignidad humana.

Cristina Kirchner, durante sus ocho años de mandato, se cansó de hablar de conquistas y derechos laborales, pero el trabajo genuino y de calidad no apareció. Lo que si hubo, “a rolete”, fueron nombramientos en el Estado.

El ingeniero Macri, desde otra posición, también refiere las oportunidades que ofrece Argentina pero, lamentablemente, no son palpables. No ha conseguido, en más del 50% de su mandato, crear trabajo serio y, como su antecesora, firmó decretos por doquier dentro del Estado al que, paradójicamente, pretende achicar.

Los resultados parciales, a la vuelta de los años, hablan de demagogia. Mucha, demasiado. Mentiras que se presentan como verdades y permanentes ejercicios de marketing con orientación electoral. También en esto hay de sobra. Lo que falta es llamar a las cosas por su nombre, algo que fue bautizado como lo “políticamente incorrecto”.

Familiares en la mira

Dos semanas atrás, el Jefe de Estado, que no usa cadenas nacionales pero hace anuncios que tienen el mismo efecto, afirmó que se aprestaba a firmar un decreto para que ningún integrante del gabinete nacional tuviera familiares que dependieran del presupuesto. Presentó su iniciativa como un aporte a la ética pública.

No descreemos de las buenas intenciones de Macri. Si fueron sinceras, sin embargo, no alcanzaron. No le hicieron caso. En ninguna provincia cundió el ejemplo y en el propio gabinete nacional fueron más los familiares que se quedaron que aquellos que se fueron.

La medida, más efectista que efectiva, consolidó algo peor. El nepotismo quedó totalmente cristalizado y no reducirá ningún déficit, ni ético ni numérico. Forma parte de la cultura política nacional. Las únicas víctimas que pagaron por nepotismo fueron, en el pasado, Ramón Saadi y Carlos Juárez, dos exgobernadores demonizados por prácticas que hoy, lastimosamente, no molestan a nadie. Ni a la prensa, como en épocas idas, ni a los ciudadanos.

El trabajo en Catamarca

Consolidado el nepotismo a nivel país, a la falta de trabajo y de oportunidades se le suman las desigualdades que, en provincias chicas como la nuestra, cobran dimensiones importantes.

Según un informe reciente de un diario metropolitano, que se ubica entre los más creíbles, Catamarca cuenta con 146 empleados públicos por cada 1000 habitantes, relación que le otorga la cucarda de ser la primera de la Argentina en este rango.

Más allá de algunos recuerdos pocos felices para el diputado Brizuela del Moral, por lo anteriormente expuesto, la realidad es la realidad. Sin el concurso del Estado, sea creando empresas, subsidiando a otras o nombrando gente a puro decreto, los márgenes de conseguir el trabajo de calidad que prometieron los políticos son estrechos, por no decir inexistentes.

Fuera de las promesas incumplidas y de los discursos de circunstancia, al menos en Catamarca, existe un problema complementario a la falta de trabajo. Tiene que ver con los sueldos, que son magros y, al menos en las últimas dos décadas, se fueron partiendo en pequeños pedazos para permitir más nombramientos, no ya necesarios, sino  paliativos para atacar la desocupación.

Detrás de los sueldos de miseria, lógicamente campea la pobreza que, a su vez, fomenta la delincuencia, con lo cual se crea un círculo vicioso del que costará muchísimo salir y al que los políticos, en general, supieron y saben contribuir.

Por qué decimos esto último. Porque, por encima de los sueldos bajos que en un año, 2013, fueron congelados por la gobernadora, cada político –sea funcionario o legislador- se encarga del nombramiento de un hijo, de un sobrino o de un amigo -también forma parte del circuito nepótico-, con lo cual el sueldo bajo pasa a ser sueldo extendido.

Los cuerpos legislativos

El complejo problema de la falta de trabajo, amén de dramático, llevó al intendente Jalil a decir que “algún día vamos a tener más empleados que policías”, en un tiro directo al desmesurado presupuesto que tiene el Concejo Deliberante de la Capital, que gasta cerca de 130 millones por año.

Por suerte, el subterráneo pedido de prudencia del Lord Mayor encontró alguna comprensión en el novel presidente del cuerpo legislativo municipal, Daniel Zelaya, quien se comprometió a frenar el gasto y hasta colaborar a modificar la Carta Orgánica para lograr el mismo objetivo.

Lo del Concejo Deliberante, como ejemplo del empleo público sin control, se traslada al Palacio Legislativo, donde también se echó mano al nombramiento fácil –o político- como único expediente de combate a la desocupación. Por suerte, el nuevo presidente –Fernando Jalil- hizo un compromiso de honor de no abultar la planilla salarial.

Pagar los sueldos “si o si”

Aplicar cerca del 80% del presupuesto a salarios, definitivamente, no está bueno. El gobierno lo sabe, pero por ahora su gran apuesta es pagar en término, al mismo tiempo que lleva adelante iniciativas que pueden dar resultados en el futuro.

Una de ellas, consolidada como política de Estado, es la minería. Aplaudimos todo lo que se haga en la materia, esto es, abrirse al mundo en los foros internacionales y allanar los escollos para que lleguen las inversiones.

Por más de diez años, la actividad dio trabajo –directo e indirecto- y dejó ganancias importantes para la provincia y los municipios. Que se hayan malgastado es otra cosa. La experiencia, de todas formas, sirve y hacia allí hay que apuntar.

Por imperio contrario, deploramos de algunas conclusiones en boca de políticos que hablan de que la olivicultura es más importante que la minería y genera cerca de 4.000 puestos de trabajo. Un embuste que, indudablemente, esconde favorecer a alguien.

La olivicultura no genera puestos de calidad, si el llamado trabajo-esclavo, pero igual hay que apoyarla porque puede atraer divisas. Ahora bien, compararla con las perspectivas que ofrece la minería es un verdadero disparate.

Colofón. Se analice como e analice la economía lugareña, invariablemente, se llegará a una misma conclusión. El problema es que no hay trabajo.

El Esquiú.com