Muerte, corrupción y avaricia: el secreto escondido detrás del coche eléctrico

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El mineral más deseado por la industria del automóvil, el cobalto, es extraído con sangre. En el Congo se encuentra el 50% de las reservas mundiales del ‘nuevo oro’ vital en el funcionamiento de las baterías.


        ALBERTO ROJAS

En estas minas, que también tienen coltán y oro, no rige ley, trabajan niños y los salarios son miserables.

Hay conquistas tecnológicas que tienen su lado oscuro. El coche eléctrico, la solución final para el contaminante motor de explosión, conquistará nuestras carreteras y llenará de enchufes nuestras ciudades en pocos años. Se reducirán los gases de efecto invernadero y las calles serán más respirables. Hasta ahí las ventajas son incuestionables pero, al igual que el vehículo de gasolina necesitaba el petróleo como combustible, lo que creaba una enorme dependencia del oro negro, para la expansión del coche eléctrico es imprescindible un mineral en la construcción de sus baterías: el cobalto. ¿De dónde se extrae? ¿Cuánto cuesta? ¿Por qué hoy es el más codiciado del mundo?

La respuesta la encontramos a miles de kilómetros del primer mundo, en pequeñas minas artesanales a las que no es fácil llegar, algunas en zonas de conflicto y otras aisladas de cualquier norma estatal que las regule. En la colina de Gatombe, en el este del Congo, encontramos uno de esos agujeros negros de los que se obtienen estos minerales tan deseados.

Desde la frontera con Ruanda se tardan de tres a cuatro horas de coche (todoterreno) por carreteras llenas de barro y llenas de controles militares. Si se tienen los contactos necesarios y se consigue llegar sin contratiempos, lo primero que uno se encuentra a las faldas de la montaña es un campo de refugiados ruandeses con unas condiciones de vida extremas. La explotación se nutre de sus brazos y sus piernas para extraer coltán, manganeso, oro y cobalto. La mayoría de sus habitantes son menores.

Allí viven los mineros. Uno de ellos, Innocence, de 16 años, decidirá acompañarnos al día siguiente hasta la explotación. No hay hoteles propiamente dichos. En un ambiente de película de Western, con casas de madera y calles llenas de barro, el único lugar en el que puedes dormir es un establecimiento que hace las veces de hostal y prostíbulo. En la habitación contigua, vemos un hombre con un AK47 junto a su cama.

“Todos los días muere gente… Tenéis que contar esto”, dice un minero

Sin pegar ojo por el ruido nocturno del generador, al día siguiente subimos con Innocence a la mina. Tratamos de encontrar al alcalde de la ciudad. para que nos dé permiso para ascender. Nos dicen que no puede recibirnos «porque está borracho». El trayecto, que para nosotros se prologará tres horas resbalando por rampas chocolateras de fango mientras que él suele completarlo en 40 minutos. Cuando ya estamos cerca, un grupo de hombres baja a un minero muerto sobre una tabla. «Todos los días muere gente aquí», nos dice uno. «Tenéis que contar esto». Nadie sabe cuánta gente engulle la montaña, por eso una ONG está empezando a elaborar estadísticas sobre estas pérdidas. Como las galerías no se apuntalan, los hundimientos son constantes. A veces mueren 30 o 40 personas de golpe que quedan atrapadas en el túnel. La explotación del filón sigue hacia otro lado.

Por el camino nos cruzamos con ancianas que llevan atadas a la cabeza varias cajas de refrescos y comida para vender en el interior de la mina, donde se forman auténticos mercados para que los mineros puedan comer en el menor tiempo posible. La primera norma es excavar. Norma número dos no hay. Cuando llegas arriba, la vista se pierde entre la niebla.

Cientos de adolescentes y hombres adultos trabajan pico y pala para sacar el mineral. Muchos de ellos cargan sacas de rocas para conducirlas a un riachuelo en el que cuatro chavales lavan y criban todo. De allí, saldrá hacia uno de los llamados comptoirs de Goma, almacenes de grandes empresas multinacionales, la mayoría belgas o chinas, pasará por la noche la frontera con Ruanda y, de allí, hacia la costa de Tanzania, donde se embarca hacia las zonas fabriles de Shanghai.

Según el Servicio Geológico de EEUU, más del 50% de las reservas mundiales de cobalto se esconden en el Congo, sobre todo en la provincias de Lualaba, Katanga, Kassai y en menor medida en las regiones del lago Kivu, que también chapotean sobre enormes reservas de coltán, oro, manganeso y casiterita. De hecho, los problemas de la minería tradicional para alimentar la industria tecnológica de los smartphones, tabletas y ordenadores se reproduce casi en la misma medida con el cobalto: zonas sin ley a casi 2.000 kilómetros del estado congoleño, niños mineros, nula protección de riesgos laborales, salarios de miseria y señores de la guerra que cobran sus propios impuestos a las concesionarias chinas. Ninguna de estas minas se dedica sólo al cobalto.

Cuando se habla de minerales de conflicto es porque su control y posesión alimenta y ha enquistado guerras que, tal vez no comenzaron por esas minas, pero sí las alimentan. En el Congo, el estado, que pretende nacionalizar todas las concesiones, pero es incapaz de cobrar impuestos sobre esos minerales, por lo que la guerra acaba siendo rentable para los compradores, para los países donantes de soldados, para las misiones de Cascos Azules (que acaban recibiendo cuatro veces más que lo que cuesta el despliegue militar) y hasta para las ONG, que encuentran en estas zonas los conflictos necesarios para que el dinero en ayuda humanitaria no pare de fluir.

Al final son sus habitantes los únicos que sufren el saqueo, mientras que los señores de la guerra son multimillonarios. Hay ejemplos tangibles. Bosco Terminator Ntaganda explotó su mina de oro particular durante años en Kivu Norte hasta que fue juzgado por la Corte Penal Internacional por reclutar niños soldado y cometer todo tipo de crímenes de guerra. El infame Ntabo Ntaberi Sheka ha financiado su propia milicia, acusada de violar a 387 mujeres los primeros cuatro días de agosto de 2010 gracias a las minas de coltán, wolframita y casiterita en Walikale.

El mineral más cotizado

 

Hace unos años, el cobalto se usaba para teñir de azul oscuro materiales como la cerámica. Ahora sirve, en pequeñas cantidades, para prolongar la vida de las baterías de litio e impedir que se calienten. Un 45% de lo que se extrae se utiliza para este cometido. Por eso es el mineral más codiciado del mundo y su precio está en máximos históricos. En 2002 estaba en 27.000 dólares por tonelada métrica. En los últimos dos años ha crecido un 270% hasta situarse en más de 80.000 dólares. La producción del pasado año fue de 123.000 toneladas. Los expertos creen que seguirá subiendo un 34% al año por su escasez y por las maniobras especulativas de algunos fondos de inversión, que almacenan ya 6.000 toneladas de este mineral para cuando la demanda aumente. Y aumentará porque la especulación hincha la burbuja.

Su precio está en máximos históricos. En dos años ha subido un 270%

Según informa Bloomberg, el gobierno chino se ha propuesto comandar la sustitución paulatina del parque móvil mundial con su estrategia Made in China 2025, que también ha comprado 5.000 toneladas de cobalto como reserva para poner en marcha sus planes.

Algunas empresas ya están sufriendo problemas de abastecimiento. Según Arturo Pérez, gerente de la Asociación Empresarial para el Desarrollo e Impulso del Vehículo Eléctrico (Aedive), estos coches «siempre han levantado la polémica pero lo cierto es que el mercado tecnológico siempre está evolucionando». «Antes el problema era el litio y hoy hay reservas de litio para renovar tres veces todo el parque mundial de coches», asegura. También explica que con el cobalto ocurre lo mismo. Algunos coches eléctricos lo utilizan en sus baterías pero otros no.

«Se están explorando nuevas químicas que puedan ofrecer una solución». Igual que, según explica, «no se ha detenido el mercado de los móviles» por el hecho de que el coltán estuviera concentrado en determinados países. El de los coches eléctricos es un mercado «que se está desarrollando y que va a trabajar en nuevos minerales. A medida que crezca el mercado se irán encontrando alternativas. No se va a cambiar el parque automovilístico de un día para otro. Cuando la gente quiera ver un problema ya habrá llegado la solución», concluye. En España, según los datos de Aedive, hay 30 millones de vehículos y sólo 30.000 son eléctricos.

Un pedazo de mineral

La oscura trazabilidad de estas sacas de mineral suele falsificarse para evitar críticas a las empresas que usan estos materiales. Muchas compañías hacen la vista gorda, pero un informe de Amnistía Internacional denunciaba que varias empresas tecnológicas no tomaban las precauciones necesarias y utilizaban cobalto extraído en minas donde trabajaban niños de tan solo siete años. Tesla, una de las compañías punteras en el sector, ha presionado a los proveedores de cobalto para que determinen con mayor claridad su origen, pero todo el sistema resulta tan nebuloso como la niebla que encontramos sobre la colina de Gatombe

El Mundo (España)