Foco económico: Argentina 2025, una meta para exportar y crecer sin la trampa del endeudamiento

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El poder de compra de nuestra canasta de productos exportables es un 30% mayor que hace 15 años. El problema del casi invariable volumen de producción nacional.


Parece una utopía, casi tanto como cuando Pablo Gerchunoff señaló “la necesidad de crear una alianza pro-exportadora” (el 20 de mayo pasado en el diario La Nación). Pero lo cierto es que si deseamos crecer en forma sostenible a través del tiempo, debemos encontrar la forma de exportar la cantidad necesaria de bienes y servicios para tener más divisas genuinas, para hacer frente a las importaciones, los pagos de rentas y de transferencias al exterior, y no caer como país, más temprano que tarde, en la trampa del endeudamiento externo que nos ha afectado en reiteradas ocasiones y complicado severamente, incluso cayendo en el incumplimiento de las obligaciones suscriptas.

El porqué suena como un sueño o ilusión que se origina en nuestra propia historia. La Argentina es el único país que necesitó 27 años seguidos para superar los 2.000 millones de dólares de exportaciones, desde 1946 hasta 1972, inclusive.

Luego pasó siete años oscilando entre 23.000 y 26.000 millones de dólares –1996 a 2002-. A partir de ahí creció con fuerza con el envión de los commodities, hasta 2007, para, finalizada la crisis financiera (tras tocar los 82.000 millones en 2011), retroceder muchos casilleros, volviendo prácticamente a las cifras de 2007: 55.000 a 56.000 millones de dólares.

Por supuesto, una parte de esa baja obedeció a los menores precios de exportación, pero el 60% es consecuencia del menor volumen y de la pérdida de mercados.

El período 1946-1970 fue el de más rápido crecimiento del comercio mundial, basado en los acuerdos de Bretton Woods y las rondas de rebajas arancelarias del GATT. Argentina disminuyó drásticamente su participación en el comercio global, del 3% al 0,4% que, con altibajos, se mantiene hasta la fecha.

Para subrayar, a pesar de que la soja ya no vale 500 dólares la tonelada (sobre la base 2004=100), los términos de intercambio están en el primer trimestre de 2018 en 130,4. Dicho en otras palabras, el poder de compra de nuestra canasta de productos exportables es un 30% mayor que si tuviéramos los precios de ese año.

En realidad, el problema argentino es que el volumen de 2017 o 2018 es prácticamente el mismo que hace 15 años (104 en lugar de 100), y con ese resultado, ¿quién creería que podemos bancar las importaciones, el turismo de tour de compras, la salida de capitales y los pagos de intereses, dividendos y regalías?

Ante la ausencia de una lluvia de inversiones y la rápida estampida de los prestadores de corto plazo –que, mientras estuvieron, provocaron una apreciación del peso-, quedaba como último recurso recurrir al FMI, a fin de evitar males mayores que una corrida cambiaria.

Tal como sucedió en oportunidades anteriores, lo que intenta un préstamo de esta naturaleza es estabilizar, calmar expectativas y ganar tiempo para elaborar -si se sabe cómo y se quiere- un plan de desarrollo hasta 2025, que debería tener como uno de sus ejes sostener contra viento y marea un tipo de cambio real por encima del de equilibrio de largo plazo, por el tiempo necesario para lograr 0% de déficit fiscal y 1% de déficit de cuenta corriente del balance de pagos.

Esa etapa sería el período donde se atacarían los problemas estructurales que afectan la competitividad argentina, pero que sólo se pueden solucionar si en simultáneo bajaran el gasto público y el déficit fiscal. Y, además, si fuéramos creciendo en las exportaciones de bienes y servicios, en las primeras, movilizando a todas las economías regionales (incluyendo carnes, lácteos y maquinaria agrícola), y en las segundas, con más turismo receptivo, atrayendo nuevas corrientes, como la proveniente de China, y estimulando mediante instrumentos específicos de promoción los clusters de servicios basados en el conocimiento.

Por supuesto, esto no alcanza: habrá también nuevos proyectos mineros, petroleros y gasíferos que madurarán con reglas de juego claras. Entonces se sumarán muchas pymes que dejaron de exportar en los últimos 7 años (el 35%, para ser más preciso) y que volverán a hacerlo si hay un tipo de cambio adecuado, financiamiento y reintegros y devolución de impuestos que se paguen.

Otras se irán sumando si ven a la internacionalización de sus operaciones como una oportunidad para crecer en mercados externos, cuando la facilitación del comercio, ya encarada, sea entendida como algo más que la digitalización de procesos y se eliminen trámites y barreras interiores, algunos de ellos, verdaderos peajes a la usanza medieval.

El avance en negociaciones comerciales y la promoción de nuestros productos ayudará, sin dudas, comenzando, como corresponde, por nuestros vecinos. Porque hablamos mucho de China, India y de los países del ASEAN, pero cuando miramos las cifras a la inversa (qué representan nuestras exportaciones en las importaciones de Brasil, Chile, Colombia, Perú, y en los más pequeños, Uruguay, Paraguay y Bolivia), o sea, cuánto pesamos como proveedores, encontramos que no llegamos a abastecer el 5% de esas necesidades, que representan, sumadas, 380.000 millones de dólares por año.

Es erróneo afirmar que Brasil decrece: sus importaciones en cinco meses de este año son 18% más que el año anterior, y en Chile, 16%, para citar los mas grandes. La pérdida de volumen y de valor de nuestras exportaciones comenzó en los países de la región donde cedimos posiciones frente a Chile, China, la Unión Europea y los Estados Unidos.

Hay mucho por hacer y durante un largo período para recuperar y ganar mercados y lograr salir del cíclico endeudamiento.

* Raúl Ochoa es profesor de Comercio Internacional (FCE-UBA; UCA; UNTREF; UNQ)

Clarín