La última pareja del chofer Centeno asegura que Baratta también le consiguió un trabajo en Yacimientos Carboníferos Fiscales Río Turbio.

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Desde la cocina de su casa, Hilda Horovitz, la ex pareja del remisero escriba Oscar Centeno, explica la forma en que se debían distribuir los fajos de billetes dentro de los bolsos para optimizar el espacio: dice que con solo levantarlos ya se sabía cuánto había adentro. Así comienza la entrevista que le hizo Jorge Lanata para PPT y en la que repasa su vida con Centeno, al que siempre menciona por su apellido y nunca por su nombre.


Contó que lo conoció trabajando como encargada y personal de limpieza en un apart hotel ubicado enfrente del hospital Durand donde solía parar el chofer. A diferencia de su ex, su historia no es tan detallista: solo recordó con precisión el mes y año en que lo conoció: “fue en enero de 2006 y para marzo ya estábamos viviendo juntos porque el dueño del hotel se había enterado de lo nuestro y me echó”.

Se fueron a vivir juntos, con malos tratos incluidos: el hombre le contaba a parientes y amigos que la había llevado a vivir con él porque había perdido el trabajo y no por alguna cuestión sentimental. “Mentime en la cara aunque sea que me gusta”, recuerda Hilda que le decía. Con el tiempo vendrían las palizas que, vistas en el tiempo, ella considera que fueron el principal motor para ir a Comodoro Py a declarar.

En tren de contar confidencias, Horovitz dijo que sabía que Centeno era militar y que debió irse por tirarle una granada a un jefe: “No salió el ganchito y no pasó a mayores pero sí estuvo preso y para que lo larguen se hizo pasar por loco”.

Relató que “en una época en la que venía la situación medio embromada con Centeno le dije a Baratta que quería empezar a trabajar y ahí empecé a trabajar en Yacimientos Carboníferos Río Turbio”. Sigue: “Era recepcionista de Javier Di Firenze, Juan Vargas, Daniel Fernández y Sánchez Guzmán que eran funcionarios. Trabajé hasta el final del mandato de Cristina Kirchner y luego me fui al ministerio de Minería y Energía aunque me tiraban como pelota porque no se sabía qué iba a pasar”.

También por intermedio de Roberto Baratta, “que conocía a Granados (Alejandro, el intendente de Ezeiza), me consiguió un departamento en Ezeiza, en Madres de Plaza de Mayo II. Cuando me fui allá, Centeno empezó a hacer todo rápido porque veía que se estaba terminando todo. Duré 11 meses en Ezeiza y tuve que decirle a Centeno que me comprara algo pero él no quería. Entonces yo le mandaba mensajes a Baratta diciendo que iba a empezar a hablar hasta que finalmente Centeno me compra un departamento. Eso sí, me hizo firmar ante escribano que él me devolvía 40.000 dólares”.

Y un dato más de las obscenidades del poder: al igual que Cristina tenía la exuberancia de hacerse llevar los diarios en avión al sur, Horovitz contó que “los fines de semana acompañaba a Centeno al ministerio para buscar los diarios para llevárselos a De Vido a Zárate como así también lo hacíamos para Roberto”.

Recorriendo su memoria respecto a “los cuadernos de la corrupción”, Horovitz rememora que conoció a Oscar ya trabajando de remisero aunque nunca supo cómo llegó al Ministerio de Planificación que conducía Julio De Vido: sí recuerda que a la primera que transportó fue a “Chelita la mamá de De Vido: la llevaba a todos lados, al Sheraton, a tomar el té”.

Con el tiempo cuenta que luego Centeno fue a trabajar con Baratta del que “se fue haciendo amigo” porque “sabe muchas cosas de él y además iban a comer juntos”. Da un ejemplo: “Yo estuve en la casa del country de Baratta en el cumpleaños de la nena”. Pasado el tiempo, comenta que se anotició de que transportaba dinero un día que “llegó enojado” porque le habían dado “migajas”. Y ofuscado contó: “Yo esto lo escribo por si el día de mañana se va Cristina y Roberto no me ubica en otro lugar, yo muestro esto”. Hilda asegura que se oponía a esa extorsión. Además, cuenta que Centeno nunca le mostró los cuadernos pero que ella los encontró en un ropero: “siempre anotaba todo, hasta donde y cuánto gastaba de nafta”, dice hoy Hilda.

-¿Usted considera que cada vez que transportaban dinero le daban algo?- quiso saber Lanata. Respondió: “Cada vez que repartían le daban algo sí; sino no puede ser que un chofer haya hecho la casa que hizo (menciona que “la hizo el mismo arquitecto que Baratta”), que haya podido comprar un terreno en Zárate o una casa en Salta”.

Hilda aseguró que “vivíamos bien, salíamos a comer afuera, teníamos buena vida, se hizo la casa que tiene ahora; yo puse la firma para comprar grifería y un yacuzzi”. Seguido reveló que “Centeno tenía, además de su trabajo y sueldo como remisero, a tres testaferros trabajando como si fuera una remisera a disposición del Ministerio: me tenía a mí, a su abogado y todos los Toyota y Peugeot cero kilómetro que tenía no estaban a su nombre”.

Clarín