Federico Schickendantz, un sabio olvidado, por Ricardo Alonso

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Con excelente formación académica, llegó a la Argentina a los 23 y consagró su vida a la investigación, la enseñanza y la industria, en Catamarca, Tucumán y La Plata.


La vida y obra del sabio alemán Fritz Schickendantz (1837-1896), como la de otros tantos hombres ilustres fue cubierta por el polvo de la historia. Tal vez el haber sido el guía, maestro y mentor de Miguel Lillo sea ya un mérito suficiente para recordarlo y tenerlo presente.

Pero ese hecho casual no opaca su magnífica obra científica que desarrolló especialmente en las provincias de Catamarca y Tucumán.

Schickendantz nació en Landau (Palatinado), el 15 de febrero de 1837. Realizó sus estudios primarios en Baviera, especialmente con una formación en latín y música. Luego estudió química, metalurgia y ciencias naturales en Heidelberg y Munich donde tuvo como maestros a algunos de los padres de la química moderna, entre ellos Bunsen y Liebig. Quienquiera que haya estudiado química en el colegio recordará el famoso “mechero de Bunsen”.

 

Pasó más tarde a Oxford (Inglaterra) para continuar sus estudios en el campo de la química y fue entonces que se enteró, por un aviso en el diario, que una compañía minera de Argentina ofrecía un puesto de químico metalurgista. El aviso había sido publicado en 1860 por Samuel Lafone Quevedo quién se había hecho cargo de la explotación de las minas de su padre en Catamarca. Fue así como llegó al país este joven académico de sólo 23 años de edad que iba a realizar una obra científica trascendente por su variedad y calidad. Es importante destacar que lo hizo casi diez años antes de que Sarmiento creara la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba e invitara a trabajar en el país a numerosos científicos centro europeos de las distintas ramas de las ciencias físicas y naturales.

Don Federico

Los científicos contratados por Sarmiento, a través de Burmeister y en su mayoría alemanes, comienzan a llegar a la Argentina en 1869. Para entonces Schickendantz llevaba casi una década de trabajo e investigaciones, había aprendido el español y se había ganado el afecto de los mineros catamarqueños para quienes era, sencillamente, “Don Federico”.

Además se había casado en 1865 con la atractiva joven catamarqueña María Josefa Díaz de la Peña, de la familia de los mayorazgos de Huasán. Schickendantz se hizo cargo del ingenio metalúrgico de Pilciao que estaba ubicado en el extremo norte del bolsón de Pipanaco y al sur de Andalgalá.

El mineral se bajaba a lomo de mula de la mina Restauradora, una de las minas del complejo de Capillitas. Se trataba principalmente de minerales de cobre con contenido en oro. Una de las tareas de Schickendantz era estudiar las técnicas para separar efectivamente ese oro y que no quedara mezclado en los lingotes que se exportaban. En el ínterin comenzó a interesarse por otros productos naturales, especialmente vegetales y minerales. Montó un importante laboratorio para analizar distintas sustancias orgánicas e inorgánicas. Y pronto dio a conocer sus investigaciones. Al parecer su primer trabajo fue un estudio conjunto con Burmeister sobre la geografía física de las provincias de Tucumán y Catamarca que publicaron en una importante revista geográfica alemana en 1868 y que constaba de 137 páginas.

En 1870 envió a la revista alemana de química y farmacia un trabajo sobre el carbonato de sodio al que menciona con su nombre quechua: Collpa. Es una eflorescencia de los salares llamada coipa por los lugareños y que se usa como jabón natural y en el teñido de lanas. Los salares llamaron especialmente su atención y va a dedicar numerosos trabajos a tratar de explicar el origen de las sales y las salinas. Precisamente publicó en 1874 un artículo seminal sobre el tema en el boletín de la Academia de Ciencias de Córdoba.

Otro tema que despierta su interés es el de los sulfatos y en 1875 publicó un trabajo amplio y novedoso sobre numerosos alumbres, describiendo sus composiciones químicas y sus usos potenciales. También estudió la composición de numerosas aguas termales y entre ellas merece especial atención las de Rosario de la Frontera. Precisamente en 1876 se publica en Buenos Aires el libro “La República Argentina” de Ricardo Napp, para ser presentado en la Exposición de Filadelfia.

Allí aparece un artículo sobre los sulfatos naturales de Catamarca y La Rioja escrito por Schickendantz y otro sobre las aguas minerales, sin firma, que podría haber sido escrito en parte por este autor y en parte por Max Siewert.

 

Una de las preocupaciones de Schickendantz era la industrialización de las materias primas vegetales y minerales que se encontraban entonces vírgenes. En un mensuario alemán que se editaba en Buenos Aires, La Plata, Monatsschrift, publicó numerosos artículos referidos a este tema los que fueron recopilados y traducidos al español por Carlos Stubbe quien los publicó en 1943 como un homenaje a la memoria de Federico Schickendantz en el Instituto Miguel Lillo de la Universidad Nacional de Tucumán.

Stubbe, hizo además una copiosa recopilación bibliográfica de los trabajos publicados por Schickendantz que llegan a un centenar entre artículos científicos, libros, capítulos de libros y notas periodísticas en los diarios de Catamarca (La Unión) y de Tucumán (La Razón y El Orden). Por esa lista, que ahora sabemos es muy incompleta, se deducen los amplios intereses que tuvo Schickendantz a lo largo de

su carrera a cargo del Ingenio Metalúrgico de Pilciao (Catamarca) y más tarde en Tucumán. Ahora bien su estancia en Catamarca y su vista permanente a las serranías y valles de la provincia le permitieron estudiar plantas medicinales, tintóreas, de curtir, y otras. Aisló principios activos de las plantas medicinales para utilizarlos en medicamentos. Analizó las breas y resinas de varios arbustos. Estudió las cenizas del jume y la jarilla para la obtención de carbonato sódico y potásico. Recientes estudios del Conicet han demostrado que la jarrilla contiene un principio que frena la caída del cabello y se ha patentado un champú que ya se vende en las farmacias argentinas y del exterior. Su afición a la botánica no sólo fructificaría en su influencia sobre Miguel Lillo, sino que le llevó a descubrir plantas nuevas y el botánico Hyeronimus dedicó dos especies con su nombre (Bulnesia y Monttea Schikendantzii).

Sarmiento, que lo llamaba “el sabio alemán”, lo nombró en 1871 director de la Escuela Agronómica de Tucumán, pero sólo duró dos años en el cargo y regresó a Pilciao donde permaneció hasta 1881. En 1874, el propio Sarmiento, a instancias de Burmeister, lo nombró académico correspondiente de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba. En 1881 fue elegido rector del Colegio Nacional de Catamarca. En 1883 pasó a Tucumán a trabajar en la industria azucarera (Ingenio Trinidad) donde introdujo decenas de mejoras y novedades que se publicaron en el país y en revistas alemanas.

En 1885 se hizo cargo de la Oficina Química Municipal de Tucumán donde permanece siete años y realiza una fructífera labor científica. Allí se enfoca al análisis de los vinos sobre los cuales publicó decenas de trabajos; sobre la leche, azúcar, cerveza, aguas minerales (entre ellas la de Rosario de la Frontera), aguas potables, cales y calizas, sal de cocina, sales en general, abonos minerales, alumbres, litargirio, hallazgo de sulfato de sodio en Vipos (mirabilita o sal de Glauber), entre muchos otros asuntos. En 1892 se trasladó a Buenos Aires y a La Plata, donde se hizo cargo de la Sección Química del Museo de La Plata. Allí, en su corta estadía, publicó 39 trabajos sobre sales, tierras y otras cuestiones de la Pampa. Era amigo de Burmeister, del perito Moreno y del químico y bibliófilo Pedro Arata y mantenía correspondencia y amistad con sabios de la talla de Bunsen, Wurtz, Roskoe, Weber, Domeyko, Philippi, Groussac, Gould, entre otros. Tenía fama de malo entre los científicos lo que probablemente se debía a haber su frido una dispepsia crónica a lo largo de su vida.

El Tribuno