El oro ha registrado este año una caída de precio desde los 1.350 dólares la onza hasta situarse por debajo de los 1.200, debido al fortalecimiento del dólar. ¿Cuál será el final de la historia? En pocas palabras: el estallido de la mayor burbuja que jamás ha existido, la del dólar.


Claudio Grass por Claudio Grass

Basta un simple ejemplo para entenderlo: si usted debe un millón al banco y no puede devolvérselo, usted tiene un problema. Pero si debe al banco 1.000 millones, entonces es éste el que tiene el problema.

Sabemos que el 65% de las reservas de los bancos centrales están constituidas por dólares estadounidenses, lo que significa que antes de que quiebre, lo harán el resto de divisas. La lira turca, el peso argentino o el bolívar venezolano son los ejemplos más recientes. Y no me cabe duda de que el próximo va a ser el euro, que ya debería haber sufrido una importante devaluación. En un entorno como éste, el dólar sigue subiendo y presionando el precio del oro.

Sin embargo, el actual sistema monetario basado en el dinero fiat me recuerda al cuento de Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador”. Muchos analistas e inversores están vislumbrando la muerte del dólar, pero no se atreven a decirlo o, si lo hacen, nadie les cree.

El gráfico adjunto deja claro que el oro no es un vehículo de inversión, sino un activo estratégico a largo plazo. Constituye un depósito de valor y ha demostrado su capacidad para funcionar como dinero real durante miles de años.

Durante las últimas décadas, concretamente desde que el presidente estadounidense Richard Nixon cerrara la “ventana de oro” en agosto de 1971 (con el oro a 35 dólares la onza), esta inversión ha reportado importantes ganancias a los inversores que reconocieron la importancia del oro.

Muchas personas no aprenden de la historia y algunas ni siquiera la conocen. Pero quienes la conocen, tendrán una significativa ventaja durante los próximos años, ya que serán capaces de reconocer los paralelismos existentes y obrar en consecuencia.

Cuando se toman en consideración las numerosas grietas que han aparecido en el sistema, como el incremento de las “fake news”, el Brexit, los movimientos secesionistas, los ataques constantes y la creciente desconfianza en las instituciones actuales, parece obvio que nos encaminamos hacia un cambio del paradigma en los próximos años.

Un cambio de paradigma se define como el momento en que la forma habitual y aceptada de hacer o pensar algo cambia completamente. O, en otras palabras, cuando la gente abre los ojos y se da cuenta de lo que realmente ha estado ante ellos todo ese tiempo; que nuestro sistema monetario, basado en imprimir la riqueza desde la nada, y el gobierno corrupto que lo ha puesto en funcionamiento, está a punto de desmoronarse porque es insostenible, inhumano y contrario a la libertad.

Por otro lado, debería quedar claro que el oro es el antídoto al actual sistema, algo de lo que el “establishment” es plenamente consciente. Ésta es la razón por la que los bancos centrales llevan interviniendo de forma muy activa en el mercado del oro desde 1993, con el objetivo de mantener bajo el precio del oro. Como podemos comprobar, esto no ha funcionado perfectamente, pero han sido capaces de provocar largas fases de congelación de precios durante los últimos 50 años, para seguir manteniendo las apariencias.

En 1980, los bancos centrales comenzaron a realizar préstamos de parte de sus reservas de oro, cuando éste estaba a un precio de 800 dólares la onza y la inflación estaba por las nubes. Inyectando oro en el mercado, fueron capaces de hundir su precio, con la ayuda del entonces presidente de la Reserva Federal estadounidense, Paul Volcker, quien subió los tipos de interés hasta el 20%.

La gran diferencia entre ese momento y el actual es que la deuda de los Estados Unidos era entonces 20 veces menor que ahora y, por lo tanto, era posible aumentar los tipos de interés de forma tan agresiva. Entonces, en 1991, los bancos centrales comenzaron a vender oro a los bancos, al tiempo que se incrementaron también los préstamos.

Desde 1993 hemos experimentado un enorme volumen de ventas combinadas, cuyo único objetivo era la manipulación para hundir el precio del oro.

Como muestra el gráfico superior, el precio del oro comenzó a bajar de forma significativa en 1996. En aquel momento, el Banco Central de Suiza anunció que procedería a vender parte de sus “excesivas reservas de oro” en el futuro. Tres años después, Godon Brown, entonces Canciller del Exchequer, anunció que en los años siguientes venderían 415 de las 715 toneladas de oro que poseían, lo que impidió que el precio del metal subiera.

En suma, desde 1993 hasta 2001, los bancos centrales estuvieron prestando sus reservas de oro, a cambio de un interés de entre el 1 y el 2%. Al otro lado del mostrador se encontraban los grandes bancos de inversión, que vendían inmediatamente el oro e invertían el dinero en bonos y otros activos financieros de renta fija, lo que les permitía obtener un interés mayor sin ningún riesgo, siempre y cuando el precio del oro se mantuviera estable o descendiera.

En 2001 se dieron cuenta de que habían subestimado el hecho de que un buen día, se verían obligados a devolver el oro físico a quienes se lo habían prestado. Para reducir este riesgo, los bancos centrales comenzaron a vender su oro, permitiendo que los bancos limpiaran sus cuentas y devolvieran el oro físico que les habían prestado, a un precio más bajo.

Pero nada podía detener al oro, ni siquiera las manipulaciones por parte de los bancos centrales. Éstos seguían vendiendo su oro en el mercado después de 2001, pero el precio seguía subiendo. Desde 2010, las ventas de oro de los bancos centrales se redujeron, hasta que se convirtieron en compradores netos de oro físico.

Este gráfico demuestra cómo los bancos centrales se convirtieron en compradores netos de oro físico, en vez de vendedores. A día de hoy, los bancos centrales poseen unas 32.000 toneladas de oro, que representan aproximadamente la misma cantidad que poseían en el año 1995.

Así que, en mi opinión, el oro sigue en fase de consolidación, antes de subir de nuevo y que se produzca una explosión en el precio. Si se observa el metal desde esta perspectiva, es obvio que el beneficio a corto plazo carece de importancia. Más bien, hay que comprar oro a un nivel de precio atractivo, como depósito de valor y como protección frente al riesgo creciente que supone este insostenible y corrupto casino, en el que los bancos se dirigen a la quiebra.

Dicho esto, si usted compra oro, tiene que ser oro físico y directamente bajo su propiedad, almacenado fuera del tradicional sistema bancario y en una jurisdicción que proteja el derecho a la propiedad privada, donde el poder político sea limitado, como en Suiza o Liechtenstein.

Claudio Grass es asesor independiente de metales preciosos, con sede en Suiza

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