Salta: El saber científico quiere ganar un espacio público

0
280

Reconocimiento del Senado a Ricardo Alonso y al conocimiento crítico.


Francisco Sotelo

El reconocimiento al geólogo Ricardo Alonso, a quien el Senado de la Nación otorgó la Mención de Honor al Valor Científico, es la muestra de que hay espacio para el pensamiento metódico, a pesar de vivir en una «sociedad líquida», donde los temas de fondo suelen licuarse y las decisiones importantes se toman de acuerdo con los humores sociales que emanan de las redes.

Alonso es, en primer lugar, un enamorado de la tierra, las rocas y las montañas. Y de la literatura. Sus compañeros del Salesiano recuerdan los bolsillos de su guardapolvo repletos de piedras y su pasión por los cerros.

Esas vivencias originarias, cimentadas en el trabajo de su padre, un español a la antigua dedicado al comercio de áridos, lo llevaron a transitar por el mundo de la ciencia. Sus opiniones científicas están fundadas en la realidad y despojadas de ideología. Ese valor es un diferencial que la dirigencia política debería tomar como ejemplo.Y no lo toman.

En la semana que pasó, el debate sobre las antenas para celulares culminó en un escándalo en el recinto del Concejo Deliberante. Esta vez, las protagonistas fueron las concejales Lihué Figueroa y Cristina Foffani; antes, Martín Del Frari y Alberto Castillo.

Es muy simple: los miedos irracionales de algunas personas deben ser respondidos por científicos en base a datos. Utilizar políticamente esos miedos es inadmisible: los celulares necesitan antenas; en todo el mundo se usan y la regulación de las emisiones corresponde a las autoridades científicas de la Nación.

En este caso, el supuesto «progresismo» político actúa con la visceralidad de las visiones retrógradas.

En esto no tendría nada que ver Alonso, salvo que sus exposiciones se manejan con el signo contrario, el de la racionalidad.

El debate de los concejales en cambio, en el plano de las creencias y los miedos porque los gobiernos nacional, provincial y municipal no se ocuparon de despejar dudas.

Cuentan los salteños de otros tiempos que, en el terremoto de 1948, la gente se enojó con el arzobispo Roberto Tavella porque no permitió que la multitud entrara a la Catedral para sacar en procesión las imágenes del Milagro. Nadie dudaría de la fe del prelado, pero dispuso lo que mandaba la razón: si se caía el techo por el sismo, hubiera sido una tragedia.

La sociedad actual ya no puede manejarse con supuestos teológicos, o mágicos, y sin embargo, muchas corrientes supuestamente laicistas tratan de reemplazar a las religiones tradicionales para posicionar a la Pachamama, al neo pentecostalismo, al Jemaya y ­hasta Halloween!

No siempre darle el gusto a un grupo de personas es bueno ni respetuoso de la democracia. Los concejales tienen una representación que, más allá de sus limitaciones, debe ser la única alternativa al activismo, la demagogia y la compulsión de un grupo o sector.

Ricardo Alonso ha recibido innumerables reconocimientos, entre ellos, el de ocupar un espacio en la Academia Nacional de las Ciencias. Escribió numerosos libros y es reconocido por una cualidad que envidian sus colegas: la capacidad de divulgar el conocimiento científico. El premio otorgado por el Senado se debe a sus más de 400 publicaciones en libros y revistas internacionales, y a sus colaboraciones con 25 universidades de quince países. El martes, sus comprovincianos Juan Carlos Romero y Cristina Fiore le entregaron la distinción. Rodolfo Urtubey también había impulsado la nominación, aunque no pudo llegar a la ceremonia. Fue una decisión unánime.

En la ceremonia estuvo presente el diplomático Pedro Villagra Delgado, a cargo de la organización de la reunión del G-20 y amigo de Alonso.

Este reconocimiento fue especialmente celebrado por Salta en un mundo en cambio, grupo que tiene a Alonso entre sus protagonistas y que se propone, desde hace cuatro años, generar espacios de debate sobre la realidad de la provincia.

Un rasgo de todos sus miembros es la capacidad de opinar con fundamento, y coincidir o disentir, pero con respeto por la verdad.

Afortunadamente, a pesar de que Twitter, Instagram y Facebook se hayan convertido en vías de comunicación que rezuman pasiones, afirman consignas y multiplican grietas, el mundo de la racionalidad sigue funcionando y sale del claustro.

Las carreras de ingeniería de las universidades salteñas Nacional y Católica impulsan un espacio de encuentro entre la academia y la empresa con un propósito: generar desarrollos científicos y tecnológicos con temas y objetivos aplicables a las empresas, grandes, medianas y pequeñas.

La burocracia del financiamiento estatal, los distintos tiempos de la empresa y la investigación dura y los recelos de una y otra parte son los obstáculos a vencer.

Y son imprescindibles, porque sin inversión tecnológica la producción se congela en el pasado.

En la Argentina ya lo sabemos, porque lo experimentamos. Ningún discurso sobre revoluciones productivas o la creación de una Tecnópolis de fantasía alcanzan para disimular el estancamiento.

La ciencia y la empresa son la base estructural de la sociedad moderna. En la Argentina cotizan mejor las creencias, sin rigor, y que idealizan una tierra «sin humanos» o con «humanos paleolíticos». El camino del país debe ser otro.

El Tribuno