Por Mauricio Yennerich


Sedimentación

Las capas sedimentarias son formaciones geológicas del sistema natural. Se producen en el marco de un proceso, temporalmente variable, durante el cual se van depositando, apilando y estratificando, fragmentos de rocas de diferente composición, tamaño y estructura, tanto en superficie como en profundidad, donde sufren transformaciones debido a la presión y temperatura a la que quedan sometidas.

Los movimientos y acomodamientos de la corteza, que dan lugar a fallas o fracturas, muchas veces, pueden quedar expuestas. Un caso típico es el Parque Nacional Talampaya, paisaje desértico ubicado en la zona de las serranías que anuncian la Cordillera de Los Andes, cerca de Famatina, que el kirchnerismo quiso volar por los aires en nombre de una transición de “comunidad” a “sociedad”, facilitada por la minería. El Famatina, iluminado por el sol rasante del atardecer es uno de los paisajes más hermosos de Argentina, los lugareños suelen avisar tal prodigio diciendo “Se encendió el Famatina”. El parque Talampaya se localiza en un área sobre el límite de las provincias de San Juan y La Rioja. En esas formaciones, puede apreciarse, marcadamente, la superposición de capas sedimentarias, que es el tema que nos convoca por su poder ilustrativo.

Nos interesa el proceso de sedimentación porque la hipótesis que se ha de defender en esta nota, sostiene que, sobre la idea política del desarrollo, se ha desplomado todo un planeta, con sus granitos, areniscas y arcillas. Y esto vale, no sólo para la actual Administración del Estado Nacional, también para el último episodio peronista, incluso, según el criterio de análisis, el proceso de sedimentación puede remontarse hasta la última dictadura, sino antes, pero en este nota, sólo se han de considerar aspectos generales de la política económica de los últimos dos episodios gubernamentales.

Informe sobre ciegos

La idea política del desarrollo, ya forma parte de una leyenda. Observada con la dosis necesaria de ironía que permite mantener a raya el oscuro pesimismo, el proyecto de la Industria Nacional para el Desarrollo, es una trama de traición y misterio, que está adquiriendo dimensiones míticas, connotaciones hercúleas, dignas del relato bíblico sobre la Tierra Prometida o de las crónicas americanas de los Oidores del Imperio Español sobre el Dorado Enriquecedor. En realidad, se trata de alinear, políticamente, las fuerzas sociales en una dirección, lo que requiere aumentar la capacidad del Estado, la calificación de la mano de obra y redefinir la relación entre el sistema científico, el productivo y el financiero. Nada menos. Difícil, sin duda, pero no imposible. Los años ‘50 y ‘60, si bien muy específicos por su anclaje en los treinta dorados de las economías de posguerra, acreditan nuestro potencial.

Tender al desarrollo es importante, pues nos ha de permitir aspirar a ciertos umbrales para no seguir hablando en el vacío. Imaginariamente, una vez en el Paraíso desarrollista, se podría habilitar un debate sobre la extensión o restricción de los derechos al estilo de Holmes y Sunstein en “El costo de los derechos”. Pero, mientras los argentinos tengamos la cuenta de la productividad en rojo y la actividad Industrial siga siendo regresiva, discutir filosóficamente los derechos no es más que un buen intento de corregir estilos. Un monólogo alucinado, delirante, de dos bandos que se torean para la tribuna pero que arreglan bajo cuerda.

La idea que ha quedado sepultada, no hace falta insistir, pues ya está más que claro, es la de promover la Industria, financiar, desde el sistema bancario, un sistema productivo Industrial. Aplicar regulaciones, controles, tasas de interés convenientes para las Pymes y pensar en el largo plazo, léase: promover todos aquellos procesos asociados a un modelo de acumulación virtuosa, basado en la creciente complejidad de la manufacturación. Es lo que propone Carolina Lauxmann en su libro “Financiamiento, industria y desarrollo”, editado recientemente por la Universidad Nacional del Litoral. No vamos a extendernos en este punto. En una charla de café, diríamos que, si el objetivo ha de ser homologar a Canadá, Australia, Taiwán, Alemania… y ¿por qué no? a Japón, la cosa va por ahí.

Una futura y verdadera pesada herencia

Volviendo a nuestra metáfora, los depósitos sedimentarios recientes, que cayeron sobre la Industria para el Desarrollo, provienen de la contradicción que dominó la situación fiscal del Néstor-cristinismo-kirchnerismo, sobre todo del primero, etapa en la cual el sostenimiento del aparato del Estado, quedó, en gran medida, a cargo del sector-primario exportador. Sumariamente, puede decirse que la aventura neoliberal desarrollista nacional fue solventada por el sector más beneficiado durante el súper ciclo de las comodities (2004-2014), que resultó ser, luego del conflicto agrario de 2008, el principal adversario de los ideólogos del proyecto Nac&Pop.

El difuso colectivo al que se denomina y que se autodenomina “El campo” tiene una tendencia política liberal, tirando a liberal conservadora. Sus integrantes no consideran viable una industrialización compleja, salvo que se trate, claro, de maquinaria e insumos tecnológicos que puedan ser utilizados en la producción agropecuaria. Descartan esa vía, su perspectiva nos devuelve a los postulados de David Ricardo, a las ventajas ambientales comparativas. Toda la sensibilidad social y el incipiente florecimiento de la tecnología y la ciencia avanzada, que constituyen el buen legado del desarrollismo neoliberal reciente, pasaron a ser sólo buenos recuerdos tras la avanzada financiera liderada políticamente por la alianza Cambiemos, hoy al mando de la Administración Nacional, de la mayor provincia Argentina y de la única ciudad Confederada.

Otra capa, en este caso, un delgado filón, lo conforman las políticas de promoción del consumo implementadas desde el Ministerio de Economía por el Dr. Kicillof, un brillante economista keynesiano de la UBA, que apoyaba el uso intensivo de bienes y servicios públicos, a los que, muchas veces, se debía subsidiar generosamente. Algo que va muy bien cuando el viento viene de popa, pero se vuelve difícil de sostener cuando éste no sopla a favor.

En definitiva, la mayor acumulación de sedimentos por encima de una política del desarrollo basada en la Industria, se produjo en los últimos tres años. Argentina, efectivamente, se “abrió al mundo”, lo que puede significar en el lenguaje del marketing una presencia más notoria en el concierto de naciones, pero que, desde la perspectiva del sistema mundo, se vincula con la participación directa de nuestra soberanía en lo que se conoce como “ajuste estructural”. Un proceso, mejor, un mecanismo político de escala global, a través del cual los Estados que comandan la economía de los escenarios centrales, a través de las políticas económicas sugeridas -e implementadas- por los Estados a cargo de las economías periféricas, financian el incremento de liquidez de los sectores dominantes. En el dominio doméstico, esta apertura, asociada a la mayor competitividad que proviene de una tasa de cambio que deprecia la moneda nacional, disminuye el salario real, encarece los bienes de Capital que muchas veces las empresas deben adquirir en el mercado externo y agrava el problema de la disponibilidad de capitales para la inversión, objetivo que justificó los endeudamientos siderales que han de consolidarse en aumento y configuran sin lugar a dudas, una futura y verdadera pesada herencia, a saber: una onerosa deuda pública y privada.

La profundidad de la sepultura colosal de la osadía del Desarrollo ha aumentado, pero esto no es óbice para que abandonemos el objetivo estratégico del Desarrollo Industrial, la tarea titánica de volvernos Canadá, Australia, Taiwán o Japón. ¿Quiénes están dispuestos a invertir su esfuerzo en ese empeño? Los liberales conservadores, claramente no. La clase media está somnolienta, aturdida por los medios atrincherados a dos bandas. La esperanza socialdemócrata, aunque muy incipiente, no deja de crecer. No obstante, sin teoría, cualquier alianza de centro para el desarrollo, engrosará la lista de rejuntes de ocasión.

EL Liitoral