Generar empleo y educación de calidad son perentorios para una provincia que necesita insertarse en el mundo del siglo XXI.


Por Francisco Sotelo

En este año electoral, en el país y en la provincia se plantean algunas cuestiones de fondo sobre las que hay consenso para colocarlas entre las prioridades: calidad educativa, calidad laboral y avances en la lucha contra la pobreza.

Las fallas profundas de la sociedad argentina en estos tres puntos, en los que el retroceso es perceptible, son la fuente generadora del clientelismo político, en cualquiera de sus modalidades. Y el clientelismo está en las antípodas de la democracia.

El paso que hay que dar

Donde no se advierte el mismo consenso es sobre el camino a recorrer para lograr aquellas metas. (Es decir, cuando entra en juego el interés político, el clientelismo pone obstáculos.)

Salta, coinciden muchos, necesita incorporarse al mundo actual, ganando mercados, e introduciendo tecnología. Sus fortalezas económicas, con perspectiva de futuro las brindan el campo, la minería (sujeta esta actividad a condiciones extraprovinciales) y el turismo. Pero incorporarse al mundo supone ajustarse a reglas de juego globales, que condicionan necesariamente el ingreso a esos mercados.

La trazabilidad ambiental y social obliga a proyectar el desarrollo (que no admite más diletancias) de acuerdo a normas tales como trabajo en blanco, sin explotaciones ni empleo infantil, o las que se refieren a la preservación del medio.

Eso se maneja con políticas serias. Así quedó en claro el año pasado en las jornadas de Prograno y Crea desarrolladas en Salta. Esas políticas requieren pericia, para hacer la cosas bien y para evitar que los “pescadores de río revuelto” estigmaticen una actividad productiva para hacer su propio negocio. La satanización de la soja, la denigración de la agricultura y la ganadería, los ataques a la “megaminería”, los mitos contra la agroindustria, entre otros, son alimentados por intereses de quienes no manejan determinadas producciones, pero quieren regular el comercio de los productos.

Marketing en contra

Hace pocos días, a través de Facebook se difundió un collage de tres fotos que muestran imágenes semejantes, en una ficticia sucesión. En la primera, supuestamente tomada en 1999, se observa un bosque que parece chaqueño. La segunda, datada en 2009, es un paisaje pampeano con siembra de cereales. La tercera, de 2019, con un fondo indefinido de árboles, presenta un campo inundado. Lo curioso es que del agua emergen alambrados que en la segunda foto no se veían. Es solo una imagen, una operación de marketing, pero que el ambientalismo difunde como verdad instalada.

Lo mismo que cuando se habla de “agrotóxicos”, en lugar de “agroquímicos”. Es una falacia anti-rural, ya que esos elementos no son más tóxicos que ninguna otra de las sustancias que se usan para desinfectar o eliminar insectos y ratas de las casas de familia; manejados como corresponde, en dosis adecuadas, han permitido en los últimos setenta años controlar las hambrunas de una humanidad que se triplicó en número.

Los peligros de los agroquímicos son tema de científicos, no de agentes publicitarios.

Las inundaciones en el litoral reinstalaron el mito de los desmontes como causa de estos fenómenos. Para aseverarlo, sería interesante analizar la historia geológica y climática de cada región.

Para Salta, acostumbrada a los espectáculos nada ingenuos, ni gratuitos, del activismo ambiental, estas definiciones son centrales, si es que la dirigencia está resuelta a generar empleo genuino, estimulando la inversión con reglas claras, y superar, por una vez, el eterno lamento por la coparticipación.

¿Litio o baterías?

Salta ocupa un lugar es­tratégico para la extrac­ción de litio. La firma de análisis Global Data ubica a la Argentina con una proyección 29% de la producción mundial en 2023.

¿Se estimulará la insta­lación de fábricas de ba­terías y de vehículos o instrumental que las re­quiera? Hoy se ha insta­lado que la revolución tecnológica eliminará en 35 años el uso de com­bustibles de carbono.

Puede ser otro mito, pero Salta tiene, además de li­tio, hidrocarburos y uranio. Puede generar energía e industrias.

El problema es poner, o no, manos a la obra.

El Tribuno