Una década atrás, el Oeste provincial rebozaba de una incipiente prosperidad. Cientos de millones de pesos embolsaban regularmente las arcas municipales gracias a la explotación de la megaminería, representada por Bajo La Alumbrera.


Y ya entonces, distintos sectores, incluyendo este espacio editorial, advertían que se trataba de una oportunidad inmejorable para crear las condiciones básicas para el desarrollo económico sustentable. Que era el momento para diseñar e invertir en proyectos a largo plazo, porque la bonanza del momento tendría una fecha de expiración. La misma que tiene, precisamente, la vida útil de un emprendimiento minero.

Pero los intendentes de los departamentos mineros fueron incapaces, contra todas las advertencias, de mirar más allá del periódico desembolso de los recursos mineros. En Belén, por caso, el municipio no tuvo mejor idea que gastar los fondos de la minería en un plan de becas para gente sin trabajo. Pan para hoy, hambre para mañana.

Y en Andalgalá, el dispendio de los recursos mineros fue directamente obsceno: expediciones a Buenos Aires, en hoteles de cinco estrellas y glamorosos restaurantes, para escuchar cómo un Nobel de Economía, que cobró elevados honorarios en dólares, hablaba maravillas del potencial andalgalense a partir de la minería y sus actividades.

Aquellas advertencias desoídas empiezan a pasar factura. Hoy la realidad de Andalgalá es la misma que se temía a partir del cierre de Alumbrera y el despilfarro de las regalías: grupos de jóvenes desocupados marchan por las calles en reclamo de una salida a la falta de oportunidades. Piden por sus familias y las nuevas generaciones que están quedando sin horizonte.

“Esta es una imagen de lo lamentable que es la falta de trabajo en Andalgalá, porque nos vemos marginados laboralmente”, expresó Lucas Ibarra, del Foro de Desocupados de ese departamento, en la marcha de la semana pasada por las calles de esa ciudad con pancartas alusivas a su reclamo.

Pero no son los únicos. Junto a ellos marcharon integrantes de otro grupo, que se autodenomina Unidos por el Trabajo, cuyo referente, Julio Contreras, aseguró que viven una situación dramática. “Vemos que nadie se preocupó por los puestos de trabajo que se iban a perder con las empresas que se fueron. Ya le pedimos una audiencia a los concejales y al Ejecutivo Municipal para que nos digan qué alternativas pueden surgir, porque queremos suponer que ellos lo pensaron”, expresó.

¿Lo pensaron realmente? Según lo que los mismos desocupados relataron, a fines del año pasado fueron recibidos en el Concejo Deliberante de Andalgalá, donde los ediles los interesaron con un par de iniciativas, aún en comisión, por las que buscan obligar a las empresas a tomar mano de obra mayoritariamente de ese departamento.

El problema no es que las empresas se nieguen a tomar un determinado porcentaje de mano obra originaria del lugar donde se instale, sino que en muchos casos no hay recursos humanos especializados en ciertas actividades y se ven obligadas a buscar en otras provincias.

Allí radica uno de los principales problemas de la educación en Catamarca, tanto en el sistema provincial como en el universitario, que forma técnicos y profesionales que no se ajustan al perfil de la demanda laboral del sistema productivo e industrial.

Pero al margen de eso, los concejales saben que no es presionando a las empresas –las pocas que aún podrían invertir en esta crisis- como solucionarán el problema del desempleo en la Perla del Oeste. Que tales exigencias representan apenas un manotazo de ahogado en un departamento que dejó pasar el tren de las oportunidades.

Algunos de esos desocupados trabajaron en Alumbrera, donde sus indemnizaciones de ley. La pregunta es: ¿El municipio se preparó para orientar e impulsar pequeñas empresas a partir del cierre de la mina?

La respuesta, por lo visto, está en sus calles.

El Ancasti