El cambio climático es una de las preocupaciones más acuciantes de las sociedades modernas. El Acuerdo de París, en 2015, supuso el compromiso de 200 gobiernos para adoptar medidas que pueden evitar la subida global de las temperaturas. Sin embargo, la comisión de Naciones Unidas que estudia el cambio climático ha advertido recientemente de que van a ser necesarias medidas más drásticas. ¿Qué papel va a desempeñar la industria del oro en este proceso?


por José Ángel Pedraza

En el último número de la revista Gold Investor, editada por el Consejo Mundial del Oro, su director financiero, Terry Heymann, trata de dar respuesta a esta pregunta.

De hecho, se trata de una preocupación que desde el Consejo Mundial del Oro se ha debatido y analizado en varios informes.

El caso es que, como explica Heymann, el oro es un metal precioso y muy escaso. Para obtener una pequeña cantidad es necesario procesar muchas toneladas de mineral lo que, a su vez, requiere de grandes cantidades de energía. Por eso, en términos de volumen, este proceso es muy intensivo en la emisión de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, la cantidad total de oro que se extrae cada año (alrededor de 3.000 toneladas) es muy pequeña, comparada con los 7.300 millones de toneladas de carbón o los 1.600 millones de toneladas de acero.

Así que las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por la extracción de oro son significativamente más reducidas que las de la mayoría de minerales. “La huella de carbono global del oro es relativamente pequeña”, asegura Heymann.

Además, el oro es un mineral muy valioso y cuando se analiza las emisiones derivadas de su extracción en términos monetarios, la cantidad por dólar es mucho menor que en el caso de otros metales y minerales.

Desde el Consejo Mundial del Oro entienden que no es suficiente y que hay que ir más lejos. Dado que los procesos de extracción, procesado del mineral y refinado son los que más energía consumen y más gases emiten de toda la cadena de producción, tienen que ser las compañías mineras las que primero tomen medidas.

Como señala Terry Heymann, “la del oro es una industria en transición, cuyas compañías se esfuerzan de forma proactiva en preparar sus explotaciones para una transición hacia una economía de bajas emisiones de carbono”.

Diversas compañías ya han dado pasos en este sentido, con la creación de la primera mina alimentada por energía eléctrica en Canadá (en la imagen); una enorme planta solar en Burkina Fasso que alimentará a una mina cercana; alianzas de empresas en Brasil y Kirguistán para el aprovechamiento de la energía hidroeléctrica como fuente; automatización del control de aire en una mina de Sudáfrica; y optimización de los sistemas de ventilación en Canadá.

Además, el oro como materia prima industrial puede desempeñar un papel fundamental en las tecnologías que contribuyen a facilitar la transición hacia una economía de bajas emisiones de carbono.

En forma de nanopartículas, por ejemplo, el oro se utiliza en un amplio abanico de aplicaciones que contribuyen a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Entre estas aplicaciones está el uso de catalizadores de oro para convertir el CO2 en combustible; el uso de nanopartículas de oro para potenciar el funcionamiento de las baterías de hidrógeno; o el uso de oro para mejorar el funcionamiento de los paneles solares y, por tanto, crear más energía.

“La industria del oro es plenamente consciente de su responsabilidad ante los inversores y ante el conjunto de la sociedad”, concluye Heymann.

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