El mundo que va a mirar Alberto: Quien sea el próximo presidente enfrentará un contexto global tan complejo como inestable.

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Como hombre acostumbrado a trabajar lejos de los flashes, Alberto Fernández debe ser consciente de que nada está terminado, y de que hace falta llegar a octubre y ganar las elecciones, pero seguramente la enorme diferencia obtenida lo motive a mirar un poco más allá de cara a las responsabilidades que, casi con seguridad, deberá asumir.


Martín Schapiro

schapiro@cenital.com   @MartinSchapiro_

Cuando Alberto Fernández asumió su primer gran lugar de responsabilidad, como Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, enfrentó enormes desafíos, pero el interinato de Eduardo Duhalde había asumido los enormes costos del colapso de la convertibilidad, que incluían asumir la devaluación y la cesación de los pagos de la deuda externa; Estados Unidos se encontraba enfocado en el terrorismo islamista y la invasión de Irak, quizá en su momento de mayor alejamiento respecto de América del Sur, China acababa de ser admitida en la Organización Mundial de Comercio y sus inversiones eran una quimera de la que muchos todavía se reían al momento de la visita de estado de su presidente, Hu Jintao. En Brasil había asumido, unos meses antes, Lula da Silva, un ícono de la izquierda latinoamericana, mientras Hugo Chávez venía de derrotar un golpe de estado en Venezuela.

El mundo que encontrará el próximo gobierno argentino no podría ser más diferente. Con una deuda externa que alcanzó con el presidente Macri cerca del 90% del PBI, Argentina logró evitar el default sostenida por los dólares del Fondo Monetario Internacional, el mismo que había permitido caer a la Argentina en 2001 por un vencimiento de unos cientos de millones de dólares, y hoy destina al país más de 50.000 millones, alrededor del 50% de su cartera total de préstamos. Renegociar y refinanciar vencimientos, ante las importantes condicionalidades que suele requerir el FMI para autorizar ese tipo de concesiones se presenta durísima, y la alternativa de una nueva cesación de pagos no ha sido defendida como preferible por ningún dirigente relevante del oficialismo o la oposición. La insistencia en dar espacio para que la economía crezca y así poder pagar choca con los recientes antecedentes del Fondo Monetario en países como Grecia y Egipto.

El problema del Fondo Monetario aparece aún más importante ante unos Estados Unidos cuyo involucramiento en la región es el mayor en lo que va del siglo XXI, y que aparece dispuesto a operar bajo una lógica burda de palos y zanahorias, como demuestran sus votos en favor de la concesión de créditos a la Argentina en el board del Fondo Monetario, el reciente reconocimiento de Brasil como aliado preferente fuera de la OTAN, las amenazas de sanciones comerciales a México para forzar su política migratoria y las sanciones y máxima presión sobre el gobierno venezolano para intentar forzar la salida de Maduro. Un gobierno que, lejos del abandono de antaño, está dispuesto a sostener artificialmente a un país aliado, pero también a empujar al abismo a quienes interfieran en sus intereses, en un momento en que recrudece su enfrentamiento con China, la otra potencia global de la que Argentina no podrá apartar los ojos.

Si los Estados Unidos se convirtieron en el principal sostén financiero de la Argentina en este último año, hace tiempo que China se consolidó como el principal destino de nuestras exportaciones de commodities y el único portador de inversiones genuinas en infraestructura indispensables para el crecimiento. El manejo de la restricción externa durante los dos últimos gobiernos nos deja como saldo dos bases, una de observación espacial y otra de ayuda humanitaria, de las dos principales potencias, a pocos kilómetros de Vaca Muerta, el principal activo estratégico del país. El lugar del país, en los próximos años, requerirá de un equilibrio delicado y encontrará negociaciones casi siempre inestables.

¿Cómo enfrentará Argentina esta difícil coyuntura? Emmanuel Macron y Angela Merkel intentaron durante los últimos dos años el núcleo de la integración continental, ante la percepción del desmoronamiento de las viejas certezas. Alberto Fernández manifestó en varias ocasiones su intención de reconstruir procesos de integración regional. El cataclismo venezolano, la reacción conservadora en Chile, Colombia y Paraguay hacen de aquella una tarea difícil. Es en Brasil, sin embargo, donde se encontrarán las mayores dificultades. El principal socio comercial y aliado estratégico de la Argentina padece un gobierno hiperideologizado, que decidió enfrentar los enormes cuestionamientos que recibe radicalizándose en la derecha, que apenas construye consensos en la agenda de ajuste del Estado y reformas «estructurales» (laboral, previsional y programas de privatizaciones) y, contrariando la histórica pretensión autonomista, se alineó completamente a la agenda de Washington. Un país donde el principal interlocutor de la dirigencia progresista argentina se encuentra preso tras un proceso escandaloso, plagado de ilegalidades. En ese contexto, la continuidad misma del Mercosur podría verse amenazada.

Dicen que de los laberintos se sale por arriba, y Cristina Kirchner le encontró la vuelta a uno el día que anunció la candidatura de Alberto Fernández. A pesar de un panorama global que pinta oscuro, hay motivos para el optimismo. Otro foco de inestabilidad regional sería una pesadilla para unos Estados Unidos que hoy no están siquiera cerca de encaminar a su gusto la crisis venezolana, China parece estar en la región mirando a largo plazo y, a diferencia de su rival, no parece embarcada en obstaculizar las relaciones de ningún país con los Estados Unidos. En cuanto a nuestro vecino mayor, Argentina es casi tan inevitable para Brasil como Brasil lo es para la Argentina. Ellos también deberán acostumbrarse a nuestras elecciones.

Vienen tiempos interesantes.

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