Electromovilidad ¿es realmente ecológica?

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Por Pablo González Castillo


Varias compañías de alta tecnología han ensalzado a los dispositivos de electromovilidad por ser aparentemente amables con el medio ambiente, arguyendo que los vehículos eléctricos constituyen grandes iniciativas de sustentabilidad urbana.

En ese sentido, muchas personas están adquiriendo autos y scooters fabricados con baterías recargables de última generación. Asimismo, hoy en día por las calles de las grandes ciudades circulan buses que utilizan energía eléctrica bajo el discurso “verde” en materia de transporte y movilidad.

No obstante, algunos especialistas han cuestionado que estas innovaciones sean totalmente amigables con el medio ambiente. Por tanto, cabe preguntarse ¿la electromovilidad es realmente ecológica?

En los próximos años, Chile, Argentina y Bolivia comenzarán a explotar a gran escala pertenencias mineras de litio ubicadas en el desierto de Atacama, cuyos paisajes han transitado desde una geografía inhóspita a otra de alta valorización económica.

La explotación de los salares configurará un encadenamiento productivo y una transformación territorial, amparado en la necesidad de fabricar baterías de litio, indispensables para el desarrollo de dispositivos eléctricos.

Varios científicos han argüido que la explotación del litio es muy peligrosa, ya que constituye una amenaza directa para los frágiles ecosistemas del desierto, puesto que estas operaciones necesitan grandes cantidades de agua, lo cual es fundamental para la flora, fauna y microorganismos del desierto.

A pesar de ello, los artefactos de la electromovilidad se consideran “ecológicos” porque estarían ayudando a reducir el consumo de combustibles fósiles que agudizan el efecto invernadero.

No obstante, los investigadores han concluido que estas nuevas tecnologías desarrolladas bajo la etiqueta eco-friendly también tienen un costo ambiental.

Quienes defienden la electromovilidad argumentan que los beneficios son más importantes que algunas de sus externalidades mitigables.

Asimismo, se sostiene que la energía eléctrica será cada vez más accesible a través de fuentes “limpias”, tales como la energía eólica y solar. En consecuencia, se considera que la masificación de la electromovilidad contribuirá a la sustentabilidad urbana y sería potencialmente relevante para enfrentar el cambio climático.

Al respecto, es importante decir que estos cambios tecnológicos no son buenos ni malos per sé. Evidentemente, es necesario desarrollar nuevas energías renovables y dispositivos de transporte que contribuyan, desde los metabolismos urbanos, a reducir la emisión de gases de efecto invernadero. Sin embargo, la pregunta de rigor es ¿a costa de qué?

No se debe olvidar que el desarrollo de la electromovilidad implicará la explotación masiva de los salares del desierto de Atacama, cuyo biotopo es clave para mantener las comunidades de este espacio geográfico y que, además, constituyen ecosistemas únicos a nivel planetario.

En conclusión, es necesario ser críticos ante los discursos de la sustentabilidad urbana que no prestan atención a los efectos colaterales que se harán notar en otros territorios, puesto que la electromovilidad, visto como innovación tecnológica, no solucionará problemas que dependen de un sistema económico global acostumbrado a destruir ecosistemas en nombre del progreso tecnológico.

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