Catamarca: Los Apuntes del Secretario salen en defensa del arzobispo que realizó la procesión minera y le pidió a Macri que se lleve “el rostro de los pobres”

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El alegato del arzobispo de Salta a favor de los pobres, a quienes valoró como “dignos”, no solamente conmovió a Mauricio Macri el pasado domingo. Impactó de lleno en el centro del poder y las esquirlas del sorpresivo disparo llegaron al Vaticano, donde habita quien durante toda su vida apostó por la causa de los desprotegidos y llegó al papado precedido por convicciones que, en el mundo eclesiástico, nadie desconocía, a pesar de algunas falsedades que se deslizaron en los durísimos tiempos de la dictadura.


Las palabras de Mario Cargnello al presidente (“hablaste de pobreza cero. Llévate de Salta el rostro de la pobreza”), de esta manera, se convirtieron en la nota periodística de la semana por todo lo que significan en medio de una campaña política aún no definida y las tensas relaciones del gobierno nacional con la cúpula de la Iglesia Argentina, de la que Cargnello no es un agregado más. Lamentablemente, como ocurre con otros temas de debate acalorado, algunos comunicadores que juegan sus propios intereses no se detuvieron en analizar el patético trasfondo de lo expresado por el arzobispo sino que, en defensa indisimulada de Macri, buscaron desacreditar al emisor con bajezas y mentiras que se caen por su propio peso.

El mismo lunes, durante el programa “Animales Sueltos”, el periodista Pablo Rossi, que también trabaja para Radio Mitre y, por ende, para el Grupo Clarín, se animó a ofrecer una descripción deformada de quién era Mario Cargnello y lo relacionó con Catamarca. Más concretamente con el Caso Morales y la familia Saadi. En su afán de ubicar a los televidentes en el contexto histórico no solamente desinformó, sino que hizo afirmaciones que solo existen en su imaginación. Dijo, por ejemplo, que cuando se produjo la muerte de María Soledad –septiembre de 1990-, el hoy arzobispo era director del diario del Obispado de Catamarca, La Unión, desde donde mantenía una sólida relación con la familia Saadi, más concretamente con Vicente y Ramón Saadi. Así comenzaron las falacias. Nunca, ni por un segundo, Cargnello tuvo una relación formal con el viejo y ya desaparecido diario del Obispado (hoy, en manos del Casino de Catamarca). Apenas ofició de asesor del exobispo Miani. Segunda falacia: al contrario de “amigo de los Saadi”, fue su acérrimo enemigo. A tal punto es cierto esto que alentó las marchas del silencio, lo cual habla bien de él, y acompañó a la familia Morales a ver al expresidente Menem para definir la tensa situación local.

Rossi, cabe destacarlo, estuvo en Catamarca entre 1994 y 1995, llegando a ser jefe de redacción del diario El Ancasti. Pese a su juventud, por ahínco y pasión por el periodismo, realizó en los últimos 25 años una trayectoria de muchos méritos que, vaya a saber por qué, no debería tirar por la borda. Lo que habló de Cargnello no es desconocimiento informativo. Es falsear la verdad y eso, en periodismo, es pecado capital. Llegó al extremo de decir que al arzobispo, por su actuación en la política y cercanía con el endemoniado saadismo, “fue retirado por la Iglesia Argentina para evitar mayores escándalos”. Debería saber Rossi (y también Leuco, de TN) que Cargnello, independiente de ser oriundo de Catamarca, pertenece a una tradicional y reconocida familia, cincelada en fuertes principios cristianos y los dogmas de la fe. Por ello, todos recuerdan que cuando fue ungido obispo se realizó el acto más imponente que recuerde la Iglesia local. Fue el 23 de junio de 1994, con el Polideportivo Capital repleto de fieles, y la presencia de una veintena de obispos argentinos, entre ellos el entonces cardenal primado de la Argentina, Raúl Primatesta, y el Nuncio Apostólico de la época, Ubaldo Calabressi. ¿Cómo es esto, Pablo Rossi, que lo separaron con los métodos que utiliza la Iglesia para esconder los chanchullos y la basura? Debería rectificarse, por lo menos, de la descripción falsa que hizo de Cargnello, cuando no levantar el teléfono y pedirle perdón.

El Esquiú