Catamarca: Límites del antinepotismo

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El decreto antinepotismo del presidente Mauricio Macri encontró escasos adherentes en Catamarca. Por el contrario, la gobernadora Lucía Corpacci lo consideró “discriminatorio”, porque a su criterio lo que debe considerarse al momento de designar funcionarios es la idoneidad y no el árbol genealógico.


Es razonable: no han de perderse las burocracias estatales, tan necesitadas de talentos, la posibilidad de incorporar algún Albert Einstein que ande por ahí por mero hecho de que esté emparentado con el eventual gobernante. Lo que parecería curioso no es que Corpacci se refiriera al decreto en lugar de hacerse la sota, sino que sus opiniones no precipitaran las réplicas opositoras, habituales cada vez que alguien osa objetar la figura de Macri. Pero no lo es, porque en Catamarca los grupos políticos en condiciones de recriminar nepotismos sin darse con la piedra por la boca son inexistentes. Entre tantas bajezas, reconforta constatar que la hipocresía tiene un límite. Que hay muchos parientes del gobernador en la administración de la doctora Corpacci es tan cierto como que los hubo en los tiempos del castillismo y en los de don Eduardo Brizuela del Moral, sin olvidar los significativos aportes a la práctica realizados por el saadismo.

No ha de ser justamente este diario el que se ponga a esgrimir defensas del nepotismo. Sin embargo, rechazar la práctica no conlleva desconocer que el decreto nacional emana un tufillo demagógico, acrecentado por su coincidencia con el incidente que protagonizó el ministro de Trabajo Jorge Triaca hijo. Además, en honor a una mínima ecuanimidad, habría que consignar las dificultades de aplicar medidas generales como las que la Casa Rosada pretende en medios como Catamarca, donde familias enteras se dedican y se han dedicado legítimamente a la política. El padre de la gobernadora fue don Sebastián Corpacci, dirigente que hasta estuvo preso a raíz de su actividad. De los Saadi, emparentados con Corpacci, no hace falta entrar en detalles; de tal tronco salen no solo los Corpacci, sino también los Rosales. Por otro andarivel, don Guido Jalil fue un hombre de la política y llegó a ocupar el puesto de intendente de la Capital, el mismo que ahora ocupa su hijo Raúl, que antes fue diputado; Fernando Jalil, hijo también de Guido, es presidente de la Cámara de Diputados.

Por el lado radical, Oscar Castillo, actual senador nacional, sucedió en la Gobernación de la Provincia a su padre Arnoldo. El relevo no puede tomarse como demérito en una trayectoria política de toda la vida, como no sería justo descalificar la militancia de María Lila “Petu” Castillo por el solo hecho de ser hija de Oscar. Brizuela del Moral llenó casilleros de Brizuelas, Herreras y Hernández. El gerente de Empleo local, Mariano Manzi, es hijo del diputado provincial y titular de la Coalición Cívica local, Rubén Manzi. Fernando Capdevila es al mismo tiempo titular de la ANSES y cuñado del jefe de Radio Nacional, Gustavo Cusumano.

Los ejemplos podrían continuar hasta al infinito. Para agotarlos haría falta un conocimiento enciclopédico y especializarse en genealogía. No es descabellado suponer que la vigencia de una normativa antinepótica en Catamarca pondría en crisis la actividad política misma. Esto, por supuesto, de ningún modo quiere decir que no existan abusos, ni que falten parientes incompetentes favorecidos por las lapiceras de turno. Sí que Corpacci, que gobierna Catamarca y no un cantón suizo, algo de razón tiene cuando señala la conveniencia de evaluar cada caso en particular, pues tan nocivo es el nepotismo indiscriminado, como insensato exigir a cualquiera que renuncie a su vocación política por el solo hecho de que un pariente ocupe puestos públicos.