Lola Mora y su filosofía del esquisto

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Artículo de Ricardo Alonso


El martes 10 de abril de 2018, en la Fundación Salta, se llevó a cabo una jornada sobre «La mujer en las ciencias», para conmemorar el Día del Investigador Científico y en adhesión a la celebración de los 55 años de la Universidad Católica de Salta (Ucasal).

El núcleo de dicha jornada fue un homenaje a la memoria de la Dra. Marta de la Cuesta. La organización del evento estuvo a cargo de la Dra. Constanza Ceruti, del Instituto de Investigaciones de Alta Montaña, y de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Ucasal. Sobre distintos tópicos académicos disertaron Cristina Bianchetti, Susana Caro, Irene Romero, Josefina González Diez, Gloria Lisé, María del Valle Correa, Constanza Ceruti y el suscripto. En mi caso propuse abordar la vida de Lola Mora, no ya en la faceta de artista universal en la que todos la conocemos, sino en un aspecto menos conocido que fue su rol de investigadora científica en los ámbitos de la minería y del petróleo.

Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández (1866-1936), más conocida como Lola Mora, brilló en la plástica universal al convertir rudos bloques de mármol en bellísimas estatuas. La «Fuente de las Nereidas», en Buenos Aires, es una muestra sublime de su arte imperecedero. Al igual que una decena de alegorías que se distribuyen en algunas ciudades argentinas, especialmente en Rosario, Tucumán y Jujuy. Salta, la tierra que la vio nacer en la finca El Dátil, en el sureño departamento La Candelaria, conserva una hermosa estatua en homenaje a Facundo de Zuviría.

Del arte al yacimiento

Su vida tuvo un quiebre paradigmático que la llevó a cambiar radicalmente su exitosa carrera para dedicarse a un asunto completamente distinto y ajeno a su formación profesional. Dejó el arte y se dedicó a la minería y al petróleo. Intentó todas las etapas de la actividad minera desde la prospección, exploración y explotación, hasta el beneficio de las sustancias minerales. Se internó en las montañas de la Puna en busca de oro, plata, cobre y azufre. Lola exploró yacimientos que antes habían trabajado los indígenas, más tarde los incas y los conquistadores españoles, los hombres de la colonia, y así sucesivamente por distintos mineros durante siglos. Desafió los cánones de la época ya que para entonces la minería era cosa de hombres. Escribía y hacía ella de puño y letra los pedidos de cateo, dibujaba los croquis, pagaba los sellados de ley, sacaba las muestras legales, realizaba los denuncios en la vieja dirección de minas, se avenía al régimen minero de ubicar las minas en el terreno, mensurarlas, amojonarlas, establecer la labor legal en los criaderos descubiertos, entre otras faenas del arte minero. Ella, junto a unos pocos ayudantes y a su fiel perro ovejero Bimbo, llegaba hasta donde alcanzaba la punta de riel del C-14 y luego se adentraba a los cerros en busca de los minerales deseados. Pero no solamente estaba interesada en los metales preciosos, sino también en el petróleo, gas y todos sus deriva dos.

 

La piedra filosofal

Tampoco quería competir contra las grandes petroleras nacionales y extranjeras, que ya estaban actuando en nuestro país, y para lo cual no le alcanzaban sus exiguos capitales. A ella no le interesaba el petróleo de pozo, o sea el llamado convencional, sino los que hoy en día se llaman precisamente «hidrocarburos no convencionales». Como bien decimos, se les llama hoy en día, pero ella planteó esta cuestión en la década de 1920 y se convirtió en una auténtica pionera nacional en el tema. Lola estaba convencida de que esas rocas negras que había visto en su niñez aflorar en los cerros del sur provincial y que alguien posiblemente la sorprendió mostrándole cómo ardían al acercárseles una llama o fuente de calor, podrían llegar a ser la piedra filosofal para el aprovisionamiento de energía que iba creciendo geométricamente en la primera mitad del siglo XX.

Lola era una mujer brillante, genial; fuera y más allá de su tiempo. Se puso a trabajar con ahínco en el estudio de los esquistos bituminosos, especialmente los que afloran en el arroyo Los Negros, en la Sierra de la Candelaria (Rosario de la Frontera, Salta). Todavía quedan allí cubiertos por el monte tupido las ruinas de la casa que habitó Lola Mora, los restos de los tanques galvanizados y los hornos a leña donde destiló los hidrocarburos. También un socavón llamado Cueva del Negro, de donde extrajo originalmente los esquistos para las pruebas. Gran parte de esto lo sabemos por dos vías.

Una de ellas es el feliz, circunstancial y casual encuentro que tuvo Lola Mora en Salta con el poeta Rafael Alberto Arrieta (1889-1968) en el viejo Gran Hotel u Hotel Plaza, en frente de la plaza 9 de Julio, en las esquinas de España y Zuviría. Allí una placa de mármol, en la ochava de la pared, recuerda hoy algunos de los grandes hitos en la vida de Lola Mora. Lola le expuso a Arrieta sus ideas sobre el gas y petróleo de esquisto y las tareas de investigación química y geológica que estaba llevando a cabo ­a pesar de la indiferencia criminal de nuestros gobiernos!, le dice. Lola Mora mantuvo luego correspondencia epistolar sobre el asunto que, por fortuna, Arrieta volcó en su libro «Lejano ayer».

«Problemas resueltos»

La otra fuente documental es un folleto rústico, de 52 páginas, que publicó en Salta en 1926, bajo el título «Combustibles (Problemas resueltos)» y que está firmado como L. M. H. (Lola Mora Hernández). Téngase presente que a pesar de haberse divorciado de su marido por una infidelidad de aquel, seguía utilizando su apellido de casada tanto en este caso como en numerosos expedientes mineros.

En dicho folleto comienza hablando de política energética nacional y la apatía del gobierno y graba a fuego una frase profética: «Hasta el último escolar sabe que nuestras montañas están repletas de minerales, que en el subsuelo de la república toda entera, se hayan entrelazados los yacimientos de combustibles y que con estas riquezas, no sólo podemos cubrir nuestras necesidades, sino alimentar…las industrias del orbe». Luego plantea la necesidad de no trabajar en bruto el esquisto, sino de darle valor agregado.

Discute las ventajas del esquisto sobre el petróleo de pozo y hace un estudio global sobre los esquistos bituminosos en general, especialmente su distribución en las montañas de Argentina. Finalmente expone sus ideas y explica los métodos que desarrolló para destilar los esquistos y obtener decenas de productos comerciales (gas-oíl, nafta, gas, aceites livianos y pesados, grasas lubrificantes, kerosene, sulfato de amoníaco, coque, vidrio negro, azabache,parafina sólida, fenol, alquitranes y benzol).

El hombre y la naturaleza

La filosofía de Lola Mora queda reflejada en un aparte titulado «Reflexiones» donde señala: «Como la naturaleza está compuesta de cuanto encierra la creación con todos los elementos para recrear y desarrollar la inteligencia del hombre dando a cada uno de ellos su utilidad y provecho para el bien de la humanidad, estamos obligados a estudiar hasta encontrar su aplicación, en la forma sencilla y múltiple con que nos presenta todos los principios, de que está dotada y sus componentes hasta llegar a un fin práctico para su aprovechamiento».

Luego apunta que: «Todo está previsto por la naturaleza y dispuesto para la conservación del hombre; entonces es al hombre, que toca encontrar con sus estudios y dedicación, las grandezas que encierra la naturaleza e insistiendo sin desfallecer, seguiremos a tientas la existencia de algo más grande».Una visión antropocéntrica, cuasi religiosa.

Lola Mora le confiesa a Arrieta: «Siento en mi laboratorio, entre  mis aceites minerales, la misma emoción que sentía en mi taller de escultora…».Como tantos sabios, ella murió en la pobreza y,para mayores males, sus valiosos papeles fueron quemados por la familia.

El Tribuno