Pampa y plata en Areco, por Ricardo Alonso

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San Antonio de Areco es un lugar en la pampa húmeda bonaerense impregnado de historia y tradición. El río Areco atraviesa la ciudad y descarga sus aguas en el Paraná. Es un río lento, de llanura, donde las aguas profundas parecen estar detenidas como en una pintura.


Y todo el paisaje impresiona como algo estático y horizontal. El cielo y la pampa se tocan en el horizonte. Nada interrumpe la planicie.

Esa pampa lineal y profunda que esbozaron Sarmiento en el Facundo, José Hernández en el Martín Fierro, Borges en Fervor de Buenos Aires o Ezequiel Martínez Estrada en su Radiografía de la Pampa por mencionar solo algunos de los que pensaron dicha fisiografía llana de pastos, ombúes, ganado, indios y gauchos.

San Antonio de Areco es la capital nacional de la tradición.

Allí se conserva lo más rico del alma gaucha pampeana. Areco es también tierra de artesanos, donde destaca el oficio de los plateros.

Especialmente de la platería gauchesca de mates, cuchillos y de todo el ajuar que engalana a los caballos de los paisanos.

Bellísimas piezas de plata están expuestas en sus museos y también a la venta en las decenas de talleres de plateros y otros artesanos que dan la identidad al pueblo.

Los arequeros, tal el gentilicio que los define, llevan en la sangre su pasado gaucho y pampeano; visten muchos de ellos a la usanza del hombre de campo sin impostar nada, y son gentiles, atentos y hospitalarios con el forastero.

Se hacen tiempo para acercarse a las viejas pulperías, de las cuales hay docenas en el pueblo, algunas muy antiguas que han sido apuntaladas para poder soportar el paso de los años. Las viejas casonas, de dos pisos, han resistido gracias a su construcción con ladrillo quemado y a la geología no sísmica de una región asentada sobre los cimientos sólidos del antiguo cratón. Y por encima la potente cobertura sedimentaria que termina en el rico y fértil suelo pampeano cuyo horizonte húmico sostiene la cubierta de pastizales.

Las reuniones de amigos o los encuentros casuales de parroquianos, desconocen el café tradicional tal como se entiende en otros lugares. La costumbre a cualquier hora, especialmente al atardecer, es acercarse a la pulpería a tomar un trago y degustar una picada de quesos y fiambres.

El vino, la cerveza y las picadas están siempre presentes y la calidad, aroma y sabor de los salamines quinteros, chorizos colorados, bondiolas y quesos variados son un oasis de placer para los sentidos. La gastronomía se complementa con los asados a la cancana, hechos con fuego de leña, donde los costillares hacen la delicia de los comensales que disfrutan del corte sureño de la tira ancha. Asado que conserva el delicado ahumado del humo de la leña, lo cual es inversamente proporcional a la distancia de la ciudad a la que el viajero se encuentre.

Los plateros

La modernidad sacrifica algunas costumbres a favor de turistas desprevenidos y en detrimento de los que se deleitan con las tradiciones legítimas y no impostadas. Areco es pampa y es plata. Los arequeros han hecho del trabajo de la plata metálica una marca de origen, un sello nacional, una cuna de calidad. Y lo singular es que hay platería donde no hay plata. Pero Areco fue uno de los puntos donde circuló la plata que venía del Potosí hacia Buenos Aires.

Por allí pasa el camino real que se dirigía desde Buenos Aires a Potosí y precisamente el cruce por el viejo puente coincide con la legua 40. Se comenta que uno de los históricos viajeros del siglo XVIII, el mensajero real Alonso Carrió de la Vandera, mejor conocido como Concolocorvo, al pasar por el lugar con carretas que debían atravesar el río, declaró que allí debía realizarse un puente. Finalmente el puente se hizo y hoy se lo conoce como Concolocorvo, aunque los lugareños simplemente le llaman el Puente Viejo.

Hace unos años, al puente de ladrillo y barro, en avanzado estado de deterioro, le realizaron un trabajo de conservación histórica revistiéndolo con un cemento plástico y lo pintaron de rosa pálido. Hoy está habilitado únicamente al paso peatonal y constituye un atractivo turístico permanente.

A unos centenares de metros se construyó un moderno puente carretero.

El puente viejo vio pasar también las tropas de mulas que desde la región pampeana se dirigían al norte argentino y desde allí al Cerro Rico de Potosí donde esos nobles animales eran la fuerza motriz en la metalurgia de la plata y su amonedación.

Las mulas y todos los insumos que requería el Potosí se pagaban en plata metálica.

Salta en aquellos pagos

El tema de la plata fue el motivo de una presentación en San Antonio de Areco del libro de Horacio Bertero titulado «El Bermejo: Una ruta hacia la plata en el siglo XVI» (Mundo Gráfico, 2019, Salta), que fuera presentando por Gregorio Caro Figueroa y el suscripto, en la Biblioteca Popular Belgrano el sábado 31 de agosto de 2019.

Los expositores se refirieron a los paralelismos históricos entre Salta y Areco tomando como ejes la plata, las mulas y la estrecha amistad surgida entre Juan Carlos Dávalos y el gran escritor arequero Ricardo Giraldes, centrada esta última en el gaucho y su literatura.

Guiraldes pasará a la historia como el autor de «Don Segundo Sombra», una de las obras más profundas de la literatura gauchesca que tomó como protagonista a Segundo Ramírez.

Ramírez es la quintaescencia del gaucho argentino, hombre forjado en el campo y la naturaleza, con valores humanos ejemplares.

La vieja pulpería y estancia «La Blanqueada», hoy convertida en un valioso museo, muestra la vida rural en todo su esplendor y fue escenario de múltiples películas y documentales.

La Biblioteca Popular Belgrano, fundada en 1906, se encuentra frente a la plaza de Areco a un par de casas del solar donde nació el esclarecido patriota de la independencia Juan Hipólito Vieytes.

El decreto minero del 7 de mayo de 1813 que impulsó la minería metalífera en la naciente Argentina, especialmente la de metales preciosos, lleva su firma.

Sería largo mencionar las personalidades que pasaron por Areco, especialmente los viajeros decimonónicos que utilizaban el camino real. Entre ellos merece especial atención la visita que realizara Darwin en 1833 y que marcaría un hito en la ciencia universal con la teoría de la evolución de las especies.

Otras figuras ilustres de la historia nacional que dejaron allí sus huellas fueron José de San Martín, José Matías Zapiola, Juan Manuel de Rosas y Facundo Quiroga.

Los gauchos sureños

Areco conserva también el legado del famoso Florencio Molina Campos, quien retrató como nadie al gaucho pampeano y sus costumbres. Sus dibujos magistrales, que se hicieron icónicos en los almanaques de Alpargatas, se encuentran preservados en una exposición permanente del Museo Las Lilas, donde también hay un teatro con escenas de campo que se van iluminando al descorrer los telones, mientras se escucha de fondo la voz en off de Luis Landriscina.

La figura de Molina Campos atrajo a nuestro país a Walt Disney, quien arribó en 1941 con un equipo de dibujantes norteamericanos. Por casualidad Molina Campos estaba en Estados Unidos y finalmente se reunieron en 1942.

La relación con Disney tuvo luces y sombras por el enfoque contrapuesto sobre la verdadera representación del gaucho y, la sociedad comercial entre ambos genios del dibujo, se disolvió.

Molina se negó a ridiculizar al gaucho argentino y defendió que su arte ensalzaba antes que ofendía al gaucho ya que pintaba los atributos del alma profunda en los rasgos que resaltaba o destacaba.

Tal los inconfundibles ojos saltones, dientes prominentes y narices coloradas.

Areco fue también la consagración del notable editor e imprentero Francisco Colombo, quien editó a Güiraldes, Lugones y García Lorca entre otros. San Antonio de Areco se encuentra a unos 120 km de la ciudad capital de Buenos Aires. Su visita es un viaje a un tiempo detenido en el tiempo.

El espíritu de las pulperías, los museos, los talleres de artesanos, la oferta gastronómica y una hotelería en todos los niveles hacen al confort del turista y del viajero interesado en la cultura y en la historia gaucha de la pampa

El Tribuno