Catamarca: La minería no es todo

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Aunque las posibilidades de que Catamarca vuelva a ser protagonista en el corto plazo…

Aunque las posibilidades de que Catamarca vuelva a ser protagonista en el corto plazo de un nuevo boom minero, como el que se dio en los ’90 con Bajo La Alumbrera, son por lo pronto apenas una expresión de deseos, ciertos cambios de manos gestados a partir de la nueva gestión política han reinstalado el planteo acerca del lugar que la actividad debería ocupar en el destino provincial.

Tal golpe de timón fue la decisión del presidente de la Nación, Alberto Fernández, de devolver a Catamarca, luego de un cuarto de siglo, la presidencia de la empresa estatal Yacimientos Mineros Aguas de Dionisio (YMAD), lo que no solo implica un gesto político valioso hacia el Gobierno local, sino que además le posibilita a la Provincia contar con mayoría en el directorio -3 sobre 5-.

Fernando Jalil, ex presidente de la Cámara de Diputados de la Provincia, fue designado por el Ejecutivo nacional para conducir la empresa, algo que se conoció al promediar la gira de la comitiva provincial por la feria minera de Toronto, Canadá, en la que el flamante funcionario también integró. En sus primeras declaraciones como titular de YMAD, Jalil reiteró el discurso oficial de los últimos unos años respecto a que “Catamarca es minera”, dijo que por tal razón «tenemos que darle impulso y toda la sociedad tiene que estar detrás de eso». Y más aún: “La minería es la mejor oportunidad que tenemos”.

Sin dudas, la minería ocupa, o supo ocupar, un lugar clave en la economía provincial. Sería necio olvidar que durante una década Catamarca estuvo en los primeros puestos del ranking nacional del Producto Bruto Geográfico, precisamente por el volumen de las exportaciones mineras de Alumbrera. Y que en ese periodo la actividad aportó recursos millonarios al erario provincial y dio empleo a cientos de trabajadores del Oeste. Desde ese punto de vista, la minería demostró que podía ser un puntal de desarrollo económico para la provincia, sobre todo como fuente de recursos financieros para la implementación de políticas públicas orientadas a promover el despegue o el crecimiento de otras actividades productivas.

Pero la experiencia demostró, por el contrario, que la Provincia desaprovechó tal oportunidad y no llevó adelante la reconversión productiva que demandaba la economía local frente al agotamiento del ciclo minero.

Más allá de las lecciones del pasado, hay una cuestión central que tiene que ver con la esencia de la actividad. La minería se desarrolla a partir de la extracción de los recursos no renovables de la tierra. Cuando se agota un yacimiento de oro o cobre, la mina cierra y se terminó todo: riqueza, empleo, regalías, tributos. No queda nada y no hay futuro posible en ese lugar. Por eso la consigna acerca de que la minería es el futuro de la provincia es engañosa, cuando no claramente falsa. Porque no se puede diseñar una política de desarrollo a largo plazo sobre la base de una actividad económica perecedera. Y esto no significa proscribir la minería. La minería es lo que es: una actividad que puede ofrecer cierta cantidad de recursos financieros al Estado, pero que tiene un tiempo de vida determinado.

De modo que el futuro de Catamarca, en términos de desarrollo económico y actividades sustentables a largo plazo, no está en la minería sino en las otras actividades productivas: la ganadería (vacunos, caprinos, camélidos), la agricultura (nogal, olivo, especies y aromáticas, uvas), la producción de dulces regionales y la artesanal de tejidos –con miras a su industrialización- y el turismo, entre los principales.

Es decir, actividades que trabajan con recursos renovables, que tienen permanencia en el tiempo y pueden desarrollarse con mayor éxito si reciben el impulso de políticas de desarrollo específicas por parte del Estado.

Ese debería haber sido el destino de los millonarios recursos financieros que dejó la minería en Catamarca en sus años de gloria. Quizás tenga una nueva oportunidad si mejoran las condiciones macroeconómicas y se destraban los impedimentos vernáculos. Eso sí, sin perder de vista que se trata apenas de un financiamiento temporal, no de un futuro asegurado.

El Ancasti