Catamarca: Los Apuntes del Secretario y las regalías mineras

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En una posición cuanto menos incómoda quedó el intendente de Andalgalá, Eduardo Córdoba, al ensayar una protesta pública por el reordenamiento de la distribución de los recursos mineros.

El actual esquema de reparto de regalías, como se sabe, será revisado por los legisladores, a partir de una iniciativa del Ejecutivo provincial que procura dar a esos recursos una utilización que rompa la ecuación matemática vigente y que consiste en porcentajes predeterminados más allá de las características del emprendimiento.

 La implícita contradicción que no logró eludir Córdoba es que al fin y al cabo se queja por el destino de los beneficios de una actividad que tacha, ya que a contramano de todos los discursos nacionales y provinciales de las últimas décadas, se proclama “ambientalista”.

 El radicalismo gobernante en la provincia durante dos décadas usufructuó (y también malogró) la producción minera, luego Lucía Corpacci definió la minería como política de Estado y el actual mandatario, Raúl Jalil, ratificó el mismo rumbo. Pero incluso en Casa Rosada sobre ese tema no hubo grieta: desde el menemismo y el kirchnerismo hasta el macrismo apoyaron la minería, y el actual presidente, Alberto Fernández, calificó la actividad como primordial para el país. Como un salmón contra la corriente, el intendente de Andalgalá se manifiesta abiertamente en contra, bajo el argumento de defender “la cuenca del río Andalgalá”, y es de los pocos que mira con malos ojos el inicio de actividades en el gigantesco yacimiento de Agua Rica.

De este modo, Córdoba reclama por los mismos beneficios que rechaza, con fundamentos de los cuales resulta imposible verlo salir sin enredarse en sus palabras. Apeló entonces a sostener su postura antiminera pero advirtiendo que quizás en “el futuro” aparezca un emprendimiento aceptable, para el cual le interesaría mantener las normas de distribución de ganancias impuestas por la Ley todavía vigente.

Un laberinto digno de los relatos borgianos, que ni el más hábil orador podría atravesar disimulando la falta de coherencia.

El Esquiú