Viernes 6 de febrero de 2026

Medio siglo de evolución en minería, por Ricardo Alonso

  • 27 de noviembre, 2023
La ciencia y la tecnología han dado saltos gigantescos y revolucionarios en las últimas décadas.

Las propiedades de la materia, la ciencia de los materiales y la utilización más variada e intensiva de los elementos químicos, y de los minerales en general, han generado un cambio paradigmático.

La óptica, la electricidad y el magnetismo, en cuanto a su observación y descripción, se remontan, al menos hasta los antiguos griegos. Hoy constituyen los motores de las nuevas tecnologías.

El cobre que alguna vez marcó la segunda edad del hombre y que sirvió de salto cualitativo al bronce, hoy es uno de los pilares de la electromovilidad. El magnetismo hoy mueve los trenes de levitación magnética de alta velocidad y también los discos duros de celulares y computadoras. Un simple celular requiere de 31 elementos químicos, provenientes de varias decenas de especies.

Finalmente hemos entrado en la Era de Mendeléiev donde todos los elementos químicos y muchos de sus isótopos tienen un lugar en las nuevas tecnologías. Incluso se empiezan a usar algunos transuránicos como el americio. Y por supuesto se avanzó exponencialmente en las aleaciones y nuevos materiales en las que el hombre mezcla elementos químicos que en la naturaleza jamás pudo haber ocurrido.

Precisamente, desde el punto de vista filosófico, el hombre completa el trabajo de la naturaleza. Mezclando, por ejemplo, metales preciosos con gases nobles. O desintegrando el átomo.

La ciencia de los materiales es infinita como las mezclas que pueden hacerse con los 92 elementos básicos de la tabla periódica. Y estos cambios paradigmáticos y vertiginosos han ocurrido en pocas décadas.

Tincalayu

En 1980 y recién recibido de geólogo comencé a trabajar en la mina Tincalayu, un yacimiento de borato de sodio en la península homónima del salar del Hombre Muerto, perteneciente a la empresa inglesa Boroquímica Samicaf. Tincalayu es un nombre híbrido creado por Luciano R. Catalano (1890-1970) tomado de una palabra persa (tincal) y una quechua (yoc), que designa a un "lugar donde hay tincal". Como Guayatayoc, la laguna donde hay guayatas, esto es el ganso andino (Cloephaga melanoptera). Y muchísimos otros topónimos parecidos (Copalayo, Tolayoc, etcétera).

Lo cierto es que en aquellos tiempos se vivía una minería rústica, casi artesanal.

Trabajar en una mina que tenía toda la cadena de valor desde el yacimiento donde se exploraba los contornos en busca de más reservas, se explotaba el mineral eliminando la cobertera de descarpe siguiendo la arquitectura de un "open-pit" o anfiteatro a cielo abierto, se llevaba a los molinos de chancado, luego a las canchas minas donde se depositaban las partidas para ser mezcladas y obtener una ley de corte promedio de 18% de anhídrido bórico; luego, el traslado a la planta química donde se disolvía el mineral, se cristalizaba, secaba y embolsaba; el envío por camiones a la estación Salar de Pocitos del FFCC General Belgrano, su trasbordo al tren y su traslado a Campo Quijano para fabricar bórax decahidratado, bórax pentahidratado y bórax anhidro, así como más tarde el ácido bórico; finalmente, su envío a Buenos Aires y por barco a los principales mercados consumidores como eran Brasil y otros países. Era un lujo trabajar en esa "universidad minera" en medio de la Puna y con todas sus circunstancias. El duro trabajo en la altura, al cual estaba acostumbrado el hombre andino, era muy difícil para los que veníamos de los valles fértiles abajeños que sufríamos la hipoxia, la hipobaria, la hipotermia y otros efectos de la fenomenología atmosférica de la Puna (frío, sol, sequedad, evapotranspiración, amplitudes térmicas, fuertes vientos de polvo y arena, viento blanco, nieve, granizo, etcétera).

Los ciclos o rosters de trabajo y descanso eran largos, generalmente de tres semanas por una. Muchos profesionales renunciaban a la semana y algunos a los pocos años. Las nevadas a veces obligaban a quedarse semanas enteras sin salir de los campamentos. Las lluvias destruían los pocos caminos y huellas mineras. El agua se traía en camiones tanques de vegas a 20 o 30 km de distancia. El agua se congelaba en las cañerías de las casas y planta de producción lo que ocasionaba graves daños. El gas-oil para las calderas de la planta y la calefacción de las viviendas venía desde Salta en camiones tanques.

El campamento contaba con más de 500 personas, obreros con sus familias, capataces, técnicos y profesionales. Había escuela, centro médico y puesto policial. Pabellones de solteros y de casados, de obreros y de jefes. Estaban construidos mayormente en adobe, piedra y madera. El color de los cascos indicaba la jerarquía de los individuos. La vida era ordenada y metódica, de mucho trabajo serio y responsable. La única diversión era el metegol, ping-pong, juegos de cartas, alguna vieja radio Tonomac de banda ancha, o la lectura.

El cura venía un par de veces al año para traer alivio espiritual y en un par de días daba misa, bautizaba, confirmaba, casaba, confesaba, daba la penitencia y la comunión, bendecía imágenes y llevaba alivio a deudos, entre otros gajes de su oficio. El cura era el padre Salustiano Miguelez Romero, sacerdote profeso de la Orden de San Agustín, originario de Zamora (España), enviado por la prelatura de Cafayate y que hoy se encuentra en proceso de beatificación. Su vida de entrega al Señor fue posible por el milagro de haberse salvado de las balas comunistas en un seminario español durante la Guerra Civil, donde cayeron sus compañeros; él fue el único sobreviviente.

Finalmente hemos entrado en la Era de Mendeléiev donde todos los elementos químicos y muchos de sus isótopos tienen un lugar en las nuevas tecnologías. Incluso se empiezan a usar algunos transuránicos como el americio. Y por supuesto se avanzó exponencialmente en las aleaciones y nuevos materiales en las que el hombre mezcla elementos químicos que en la naturaleza jamás pudo haber ocurrido.

Precisamente, desde el punto de vista filosófico, el hombre completa el trabajo de la naturaleza. Mezclando, por ejemplo, metales preciosos con gases nobles. O desintegrando el átomo.

La ciencia de los materiales es infinita como las mezclas que pueden hacerse con los 92 elementos básicos de la tabla periódica. Y estos cambios paradigmáticos y vertiginosos han ocurrido en pocas décadas.

Tincalayu

En 1980 y recién recibido de geólogo comencé a trabajar en la mina Tincalayu, un yacimiento de borato de sodio en la península homónima del salar del Hombre Muerto, perteneciente a la empresa inglesa Boroquímica Samicaf. Tincalayu es un nombre híbrido creado por Luciano R. Catalano (1890-1970) tomado de una palabra persa (tincal) y una quechua (yoc), que designa a un "lugar donde hay tincal". Como Guayatayoc, la laguna donde hay guayatas, esto es el ganso andino (Cloephaga melanoptera). Y muchísimos otros topónimos parecidos (Copalayo, Tolayoc, etcétera).

Lo cierto es que en aquellos tiempos se vivía una minería rústica, casi artesanal. Trabajar en una mina que tenía toda la cadena de valor desde el yacimiento donde se exploraba los contornos en busca de más reservas, se explotaba el mineral eliminando la cobertera de descarpe siguiendo la arquitectura de un "open-pit" o anfiteatro a cielo abierto, se llevaba a los molinos de chancado, luego a las canchas minas donde se depositaban las partidas para ser mezcladas y obtener una ley de corte promedio de 18% de anhídrido bórico; luego, el traslado a la planta química donde se disolvía el mineral, se cristalizaba, secaba y embolsaba; el envío por camiones a la estación Salar de Pocitos del FFCC General Belgrano, su trasbordo al tren y su traslado a Campo Quijano para fabricar bórax decahidratado, bórax pentahidratado y bórax anhidro, así como más tarde el ácido bórico; finalmente, su envío a Buenos Aires y por barco a los principales mercados consumidores como eran Brasil y otros países. Era un lujo trabajar en esa "universidad minera" en medio de la Puna y con todas sus circunstancias. El duro trabajo en la altura, al cual estaba acostumbrado el hombre andino, era muy difícil para los que veníamos de los valles fértiles abajeños que sufríamos la hipoxia, la hipobaria, la hipotermia y otros efectos de la fenomenología atmosférica de la Puna (frío, sol, sequedad, evapotranspiración, amplitudes térmicas, fuertes vientos de polvo y arena, viento blanco, nieve, granizo, etcétera).

Los ciclos o rosters de trabajo y descanso eran largos, generalmente de tres semanas por una. Muchos profesionales renunciaban a la semana y algunos a los pocos años. Las nevadas a veces obligaban a quedarse semanas enteras sin salir de los campamentos. Las lluvias destruían los pocos caminos y huellas mineras. El agua se traía en camiones tanques de vegas a 20 o 30 km de distancia. El agua se congelaba en las cañerías de las casas y planta de producción lo que ocasionaba graves daños. El gas-oil para las calderas de la planta y la calefacción de las viviendas venía desde Salta en camiones tanques.

El campamento contaba con más de 500 personas, obreros con sus familias, capataces, técnicos y profesionales. Había escuela, centro médico y puesto policial. Pabellones de solteros y de casados, de obreros y de jefes. Estaban construidos mayormente en adobe, piedra y madera. El color de los cascos indicaba la jerarquía de los individuos. La vida era ordenada y metódica, de mucho trabajo serio y responsable. La única diversión era el metegol, ping-pong, juegos de cartas, alguna vieja radio Tonomac de banda ancha, o la lectura.

El cura venía un par de veces al año para traer alivio espiritual y en un par de días daba misa, bautizaba, confirmaba, casaba, confesaba, daba la penitencia y la comunión, bendecía imágenes y llevaba alivio a deudos, entre otros gajes de su oficio. El cura era el padre Salustiano Miguelez Romero, sacerdote profeso de la Orden de San Agustín, originario de Zamora (España), enviado por la prelatura de Cafayate y que hoy se encuentra en proceso de beatificación. Su vida de entrega al Señor fue posible por el milagro de haberse salvado de las balas comunistas en un seminario español durante la Guerra Civil, donde cayeron sus compañeros; él fue el único sobreviviente

Odisea en la Puna

Subir a la Puna ya era una odisea. La ruta a lo largo de la Quebrada del Toro iba mayormente a lo largo del río. Las viejas camionetas Ford rompían ruedas y palieres de forma frecuente. No existían los vidrios polarizados y la arena causaba estragos en las lunetas por esmerilado. Los vehículos levantaban largas estelas de polvo y ese mismo polvo arruinaba filtros y motores. Las bajas temperaturas nocturnas congelaban el gas-oil de los camiones. Los motores rendían la mitad por la altura a 4.000 m sobre el nivel del mar.

Las comunicaciones se hacían con el viejo servicio de radio con frecuencia cuatro veces al día. Y eso ya era un avance notable y no todos los vehículos los tenían. No existía la computación. Todas las tarjas, planillas, cómputos de asistencia, horas extras, remitos, vales de almacén, movimiento de explosivos, etcétera, se hacían a mano. Los informes técnicos se escribían a mano y los dependientes oficinistas los pasaban en limpio en viejas máquinas de escribir Olivetti.

Las mediciones de los frentes de avance en la mina a cielo abierto u "open-pit" se hacían a brújula y cinta métrica y, eventualmente, con un teodolito. El primero de agosto, día de la Pachamama, era una jornada emblemática de ofrendas y sacrificio de animales. Se chayaba y se daba de comer a la tierra. Con comidas, bebidas, coca y cigarrillos. Se pedía por los vivos y por los muertos.

Me tocó participar respetuosamente de muchas de esas ceremonias. El culto de la Pachamama se sigue haciendo igual, salvo que se evita el sacrificio de animales y el rito de la sangre. El alcohol entraba de contrabando al campamento. No existían alcoholímetros. Tampoco las actuales reglas de seguridad e higiene.

A los obreros se les daban cajas de leche que ellos destinaban a sus llamas y ovejas. El puneño es por lo general intolerante a la lactosa. Se les proveía de cascos, botas con punta de acero, antiparras y guantes, pero ellos preferían seguir usando su vestimenta tradicional.

La llegada de wifi

Hoy en las mineras de la Puna las normas de seguridad, higiene y medio ambiente son estrictas. Los caminos y rutas han

mejorado aunque no todo lo que se requiere y necesita. Las modernas camionetas tienen un elevado confort y neumáticos preparados para los caminos de lajas filosas. Las comunicaciones permiten tener wifi en todos los campamentos de la Puna y también en los pueblos. Hay muchas más huellas mineras que las mismas empresas mantienen en condiciones.

El tren se comienza a recuperar luego del abandono que sufrió en la década de 1990 con el famoso slogan "ramal que para, ramal que cierra". Los campamentos actuales de la Puna son modernos y confortables. Realizados con materiales livianos y paneles térmicos y acústicos. Con aislación especial de las cañerías de agua. Tienen comunicación satelital y televisión nacional e internacional. Los teléfonos celulares permiten fotografiar, filmar, grabar y transmitir la información en tiempo real. Antes era con cámaras de fotos donde el revelado tardaba semanas.

Los equipos de control y monitoreo de todos los parámetros físicos, químicos y ambientales han mejorado también exponencialmente. Desde una cabina computarizada se puede controlar y manejar todo el proceso de minado, concentración y beneficio de los minerales. Incluso en minas complejas, que requieren un gran manejo de datos, se comenzó a utilizar inteligencia artificial (IA).

Esto fue el motivo del reciente Primer Simposio de Inteligencia Artificial aplicado a la Industria Minera, llevado a cabo el jueves 23 de noviembre de 2023 en la Universidad Nacional de Salta, organizado por los medios especializados Prensa GeoMinera y Once Diario junto a la agencia Ilusionideas.

El Tribuno

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